Ciberlegenda Número 10, 2002
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METODOLOGÍA DE INTERVENCIÓN EN LA PRÁCTICA COMUNITARIA: INVESTIGACIÓN-ACCIÓN, CAPITAL Y CULTIVO SOCIAL (*) |
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Eduardo A. Vizer
Resumo Aquí
se presenta el concepto de triangulación recursiva en la
investigación-acción, y los de “cultivo social y capital social”
como teorías y conceptos –nuevos o no tanto-
que pueden servir de referencia para construir diferentes
dispositivos teóricos que ayuden a abordar la investigación y la
intervención sobre comunidades e instituciones, apoyados en los aportes
de nuevas perspectivas teóricas de la comunicación como procesos
transsubjetivos. Palavras-chave:
Comunicación comunitaria; Investigación-acción; triangulación
recursiva; capital social.- INTRODUCCIÓN Es
perfectamente válido y enriquecedor proponer a la “comunicación
comunitaria”, como un intento de rastrear claves -generalmente ocultas- que ayuden a la
construcción de modelos y
estrategias interpretativas y de intervención
sobre realidades vividas
como “mundo de la vida”, a las que la Fenomenología de Hüsserl y el
pensamiento social alemán denominaron
“Lebenswelt”. Abordar los
procesos históricos y sociales desde la perspectiva de su “interioridad”,
puede implicar ciertamente una recaída en el idealismo mas puro, pero
negar su incidencia y su estudio como un dominio de conocimiento
legítimo, y como proceso que atraviesa todos los dominios de
la sociedad y la cultura, nos retrotrae a un materialismo elemental.
No existe hombre ni sociedad alguna que vivan la "realidad de los
hechos en bruto" (esta clase de objetividad
es una construcción formal de la ciencia moderna). Los hombres y
las sociedades viven y construyen sus realidades mediatizándolas por las
creencias, los imaginarios instituídos por la cultura, el lenguaje, la
observación, la subjetividad y
la propia acción sobre lo real. Este "magma"
indefinible (para usar un término
de Castoriadis) es la verdadera "materia ontológica" con la
cual los seres humanos construímos nuestros lazos sociales y nuestras
certezas: sobre lo que es "real" y lo que no lo es, sobre las
realidades pasadas o sobre realidades ideales, futuras o idealizadas.
Ahora
bien, como todo conocimiento científico se construye a través de la
objetivación y del recorte
de un dominio de "realidad" (de hechos, de acontecimientos, de
realidades naturales, sociales, o psíquicas), el problema epistemológico
fundamental radica en definir cómo concebimos y cómo abordamos teórica
y prácticamente ese “oscuro objeto del deseo (de conocimiento)” que
llamamos comunicación. Esta es la problemática de una epistemología
histórica tratada en el presente trabajo. Se presenta a la comunicación,
como una fase contemporánea
dentro de la historia de la construcción
histórica, social y epistemológica de las ciencias sociales, así como
de la formación de sus objetos de conocimiento. Y al método
interpretativo y la investigación acción como estrategias fundamentales
para articular la producción de conocimiento con la intervención social. Aquí
se presentan teorías y conceptos –nuevos o no tanto-
que pueden servir de referencia para construir diferentes
dispositivos teóricos que ayuden a abordar la investigación y la
intervención sobre comunidades e instituciones, apoyados en los aportes
de nuevas perspectivas teóricas de la comunicación como procesos
transsubjetivos. Abordar los procesos históricos y sociales desde la
perspectiva de su “interioridad”, puede implicar ciertamente una
recaída en el idealismo mas puro, pero negar su incidencia y su estudio
como un dominio de conocimiento legítimo,
y como proceso que atraviesa todos los dominios de
la sociedad y la cultura, nos retrotrae a un materialismo elemental.
No existe hombre ni sociedad alguna que vivan la "realidad de los
hechos en bruto" (esta clase de objetividad
es una construcción formal de la ciencia moderna). Los hombres y
las sociedades viven y construyen sus realidades mediatizándolas por las
creencias, los imaginarios instituídos por la cultura, el lenguaje, la
observación, la subjetividad y
la propia acción sobre lo real. Este "magma"
indefinible (para usar un término
de Castoriadis) es la verdadera "materia ontológica" con la
cual los seres humanos construímos nuestros lazos sociales y nuestras
certezas: sobre lo que es "real" y lo que no lo es, sobre las
realidades pasadas o sobre realidades ideales, futuras o idealizadas.
I. INVESTIGACIÓN-ACCIÓN, COMUNICACIÓN Y DESARROLLO SOCIAL. En
los últimos años ha comenzado a reaparecer nuevamente el interés por
trabajos sobre la denominada investigación-acción participativa. Se han
realizado experiencias en nuevas situaciones y condiciones sociales en
Latinoamérica y el resto del mundo en desarrollo, debido sobre todo al
resurgimiento gradual de instituciones democráticas. Las técnicas y la
metodología de la I-A se han venido aplicando a las actividades de la
comunicación, la educación y el desarrollo social e institucional
promovidos en ámbitos y comunidades locales. Se han dejado atrás los
viejos esquemas y versiones desarrollistas de la escuela denominada en su
momento Comunicación y Desarrollo, que en la década de los sesenta se
asentaban en la teoría difusionista de Rogers, I.de Sola Pool y otros,
basada en un paradigma del cambio social a partir de actitudes
individuales, de valores y creencias "tradicionales y premodernas",
a ser “suplantadas” por otras más acordes con la modernidad y el
desarrollo. Esta versión original de la aplicación de las técnicas de
la comunicación para lograr el cambio social (económico, político y
cultural) en las comunidades rurales tradicionales, prácticamente fue
barrida de las políticas de desarrollo estatal, de las instituciones de
acción internacional y de los ámbitos académicos por variadas razones,
entre ellas la oposición de las propias comunidades y la crítica
intelectual hacia un paradigma eminentemente individualista, alejado de
las prácticas de las comunidades y su cultura tradicional. En
Latinoamérica, la escuela de la educación popular generó una original
versión de comunicación alternativa
y participativa, como una respuesta fuerte de transformación social
centrado en la propia comunidad y la educación, contrarias a la corriente
difusionista anterior surgida en los Estados Unidos. La escuela
difusionista presuponía un desarrollo económico y social lineal y
gradual, al que debería acompañar un cambio de valores, actitudes y
creencias modernas y "funcionales" al desarrollo del sistema
económico. La teoría funcionalista, alma mater de los paradigmas de la
ciencia social aplicada mediante
las experiencias difusionistas del desarrollo, dominaba los ámbitos
intelectuales tanto académicos como políticos. Pero esta hegemonía
intelectual se iba disociando de las condiciones de la propia realidad,
socavada por los profundos cambios que se iban sucediendo en las
estructuras sociales y políticas en América Latina. Tanto el auge de las
dictaduras militares hasta fines de los ochenta, como los posteriores
procesos de democratización latinoamericana y las modificaciones
consiguientes en las expresiones políticas y los movimientos sociales,
los cambios repentinos de la realidad política internacional -como
el fin de la Guerra Fría- y el desarrollo de las nuevas tecnologías de
la comunicación así como el crecimiento y la concentración de las
industrias culturales, fueron minando tanto a la escuela funcionalista y
difusionista, como así también la vigencia de la escuela alternativista
latinoamericana. Las visiones sobre modelos de desarrollo alternativo
cayeron con el Muro de Berlín y el aggiornamiento del régimen de Pekín.
En la década de los noventa, el paradigma del conflicto social y la
oposición violenta, comenzó abruptamente a ser suplantado por el de
integración social y pluralismo, los derechos humanos, el reconocimiento
de las minorías, las identidades y el derecho a la diferencia. El
resurgir de las democracias en la década de los ochenta y noventa, llevó
a proseguir con mayor ímpetu la
tendencia de trabajar en y con las comunidades en un pié de igualdad para
construír (en muchos casos reconstruír) las bases plurales de las formas
institucionales de un régimen
democrático. A la sobrevalorada idea-fuerza de la emancipación social
colectiva -que había movilizado violentamente a una generación anterior
fascinada con un idealismo que fué abatido por las armas, pero sobre todo
por la crisis de los regímenes del “socialismo real”- se le han
planteado como sucesoras nuevas ideas-fuerza sustentadas por movimientos
sociales variados, con intereses y valores específicos y particulares,
que buscan reconocimiento e integración dentro
de espacios institucionalizados de la propia sociedad. No buscan
cambiarla colectivamente, no buscan adueñarse del Estado por asalto, ni
tampoco confían en las estructuras institucionalizadas, o en los
políticos y los funcionarios que pretenden seducirlos con promesas
incumplidas. Estos nuevos movimientos sociales se expresan en una doble
dimensión argumental, por un lado la defensa y la construcción paulatina
de un universo de discurso
colectivo y "universalista", asentado sobre valores como
Derechos Humanos, Derechos sociales, Ciudadanía, Género (y derecho
reproductivo), Medio Ambiente, derecho a la identidad y a la diferencia, y
alguno que otro término que expresa las ideas-fuerza de una variedad
innumerable de agrupaciones del creciente y pujante Sector Social (o
Tercer Sector). Todos nuevos movimientos que expresan la diversidad actual
de la sociedad civil. La segunda línea de discurso argumental que
construyen aparenta ir en sentido contrario: se construye sobre las
condiciones específicas de cada agrupación ("asociación voluntaria"
en términos de Turner, 1999); según sus intereses, necesidades y
percepciones particulares o locales, ya sean de naturaleza económica,
política o cultural. Los discursos y valores particulares buscan un
reconocimiento dentro de los espacios públicos de acción y de expresión
(las calles, las plazas, a veces los medios de comunicación) y el acceso
a los círculos de decisión del Estado (municipios o gobernaciones)
mediante una práctica de expresión y de acción social, la que es
evidentemente política, pero -curiosamente- rara vez reconocida como tal
por las propias asociaciones o movimientos.
Turner (1999) reconoce cuatro clases de Asociaciones Voluntarias.
Las de "caridad", generalmente sostenidas por iglesias y bajo un
esquema de patronazgo (y una relación desigual entre quienes dan y
quienes reciben); las que
corresponderían al modelo de Estado de Bienestar,
reguladas por los procedimientos y reglas del propio Estado; en
tercer lugar el modelo "activista", sustentado en valores
comunitarios de cooperación solidaria, mutualidad y un discurso
igualitario y "progresista"; y por último, la aparición del (pos)moderno
modelo de asociaciones de "mercado filantrópico",
sujeto a los valores de la competencia por la búsqueda de fondos (el
"fundraising" promovido en infinidades de cursos de
capacitación y conferencias).
Esta nueva y compleja diversidad social, común tanto a las
naciones más desarrolladas como a las de desarrollo intermedio y a casi
todas las regiones urbanas del mundo, en Europa y Norteamérica ha dado
origen al resurgimiento de la preocupación por las temáticas relativas a
los movimientos sociales, las expresiones de la sociedad civil y a nuevas
modalidades de asociación social. Estas transformaciones se constituyen
en el terreno de trabajo objetivo para
especialistas de varias ciencias sociales. Como respuesta a los
esquemas de planificación vertical y dirigista por parte de agencias de
gobierno han surgido nuevas propuestas de acción social bajo
denominaciones como "planificación participativa", "gestión
social", "gestión participativa", "auditoría
social", "desarrollo local", "promoción comunitaria",
"desarrollo comunitario", y desde el campo específico de la
comunicación la denominada "comunicación comunitaria".
II.
QUE ES LA INVESTIGACION-ACCION
La I+A aborda los análisis sobre las prácticas sociales, y se fundamenta en una metodología inductiva (inducción analítica, de lo particular hacia lo general). Su presupuesto central se basa en que la comprensión y la introducción de cambios en las prácticas son medios adecuados para producir el mejoramiento de las mismas; tanto sobre la propia situación en las que se realizan; como con respecto a la "racionalidad" de las mismas (prácticas), y la comprensión del proceso integral. Ha sido descripta de maneras diversas. Para Argyris, Smith y Putnam (1985) "la ciencia de la acción es la investigación sobre el modo en que los seres humanos diseñan e implementan la acción entre ellos. Es así una ciencia de la práctica, que precisa de investigación básica y de la construcción de teoría, las que se hallan íntimamente relacionadas con la intervención social". Para Kemmis (1982),
Los términos acción y práctica social,
intervención y comprensión constituyen una tríada fundamental
para la I+A. Desde los griegos, la praxis
se constituye en la comprensión de los procesos de transformación social
mediante las prácticas sociales, así como de las modalidades en que la
reflexión y la investigación debe promover la construcción de teoría (conocimiento)
sobre el propio proceso de transformación social. Es un proceso que
asocia la acción con la
reflexión (auto-reflexión) y la teoría con la práctica.
El término praxis para los griegos se refería a la acción
realizada a través de una práctica reflexiva y crítica, y la
investigación-acción puede encontrar sus antecedentes en Aristóteles
cuando propone la autoreflexión como un modo de adquirir conocimiento
sobre las propias prácticas para su mejoramiento. La praxis requiere la
reflexión sobre: a)
la propia naturaleza de la acción, como es entendida por los actores, b)
las consecuencias de la propia acción y c) el contexto en que se la
realiza. Esta reflexión debe transformar el núcleo de conocimientos del
(o los) actor(es) para guiar acciones futuras.
La praxis implica asimismo una profunda disposición moral
hacia una acción que contribuya a la verdad y la justicia. Esta
disposición recibió el nombre de phronesis,
y sin su existencia se estaría limitado a un ejercicio de la acción
en un sentido meramente técnico, el que tendería a mantener y reproducir
una situación de injusticia
y frustración.
La noción de praxis involucra etapas interrelacionadas de un
proceso: primero la identificación
de un objetivo social, el que surge a partir de problemas específicos que efectivamente existan o puedan llegar a
producirse. Segundo, el exámen
crítico de las propias prácticas sociales. En tercer lugar la
búsqueda de explicaciones y de
alternativas para las prácticas que deberían ser modificadas. Cuarto:
la experimentación de modos alternativos de hacer las cosas. En quinto
lugar la revisión de las
estrategias empleadas. Y por último realizar nuevas
experiencias y reflexionar sobre las mismas hasta obtener un resultado
positivo. En
este sentido la praxis consiste en la elaboración de "teorías
comprensivas" a partir de
una práctica de transformación (y de intervención). Son estas
particularidades del modo de establecer la relación íntima entre la
teoría y la práctica, entre la acción y la comprensión de la misma,
las que establecen la diferencia con las ciencias sociales
"aplicadas". A estas se la entiende como la contraparte de la
investigación básica, pues la aplicación se supone como el ejercicio de
"bajar" principios generales a la intervención sobre una
situación particular. O sea de lo general a lo particular, lo que
presupone divisiones tajantes entre la teoría y la práctica, entre los
que producen teoría y aquéllos sobre los que se debe intervenir,
aplicando los conocimientos, técnicas, estrategias y principios
elaborados por teóricos y "planificadores". La
I+A pone el acento en el conocimiento práctico y la capacidad de
reflexión de los actores de la comunidad, ya sean individuos, grupos o
instituciones con los cuales el investigador "trabaja",
aportando su propia formación y experiencia para inducir en la población
-los otros, o el "Otro"- una guía y coordinación que se
asemeja a una metodología para la reflexión-acción-reflexión-acción.
En esto consiste básicamente la teoría y la práctica de la
intervención social y el autodiagnóstico participativo, y a su vez se
constituye en la fuente objetiva de recursos de experiencias a partir de
las cuales el investigador desarrolla conocimientos teóricos sobre la
metodología y las estrategias de acción para el ejercicio de sus
prácticas de intervención en el universo real.
El hecho de que la práctica reflexiva puede constituirse en fuente
de experiencia es prácticamente algo obvio, pero la tesis de que promueva
la construcción de teoría sobre la acción y la transformación social
debe legitimarse. Y lo debe hacer a través de la propia formación de los
investigadores, en la observación de los cambios que se vayan operando en
la población "objetivo", y por último en la construcción
intelectual de un campo de conocimientos "científicos" sobre
las relaciones entre teoría y práctica, sobre la construcción de
proposiciones y enunciados respecto de las relaciones entre diferentes
modalidades de intervención y las transformaciones a que dan lugar, tanto
de la práctica como del conocimiento asentados en la capacidad de
reflexión y autoreflexión crítica. Metodológicamente,
los pasos a seguir corresponden en primer lugar a la observación participante, la descripción, la inferencia y la
interpretación. La especificidad de la I+A se halla en que estos
cuatro pasos no son de exclusiva pertinencia del investigador, sino que el
mismo debe desarrollar estrategias
que permitan la realización efectiva de éstos cuatro procesos en forma conjunta y cooperativa con el Otro (en forma equivalente al
desarrollo de la práctica de los analistas familiares, y el analista de
grupos y de instituciones). Los problemas
a abordar deben surgir de las propias percepciones, creencias y
experiencias de la vida cotidiana de los involucrados. Los temas
también pero deben ser tamizados y retraducidos a temáticas más
generales, planteadas desde el campo de la teoría disponible, y las
propias experiencias del investigador. Como en el método biográfico
"se trabaja básicamente sobre las interpretaciones de la gente, su
auto-imagen, sus angustias, deseos y valores, sus modos de mirar y
comprender" (R. Sautú, 1999). Pero además, en nuestro caso se
trabaja con la incidencia que estas dimensiones tienen sobre las formas
objetivas de vida, la percepción de sus problemas y los modos y
estrategias que emplean para mantener
o modificar sus condiciones de vida (el objetivo no es solo
conocer, sino el "conocer para transformar"). La fase de
la descripción debe permitir el registro de "referencias y
detalles empíricos, transcripciones de los textos de las conversaciones y
narrativas que muestran la construcción de los núcleos temáticos"
las problemáticas, las intervenciones de distintos actores, etc. El
próximo paso es la inferencia,
que corresponde a un proceso de inducción. A partir de la descripción se
derivan conclusiones de contenido general e implicaciones teóricas (en
este caso diríamos implicaciones de conocimiento y reflexión crítica).
Estas "se aplican a la clase de situación, las circunstancias y los
casos involucrados en la descripción". "La inducción
analítica, propia de las metodologías cualitativas "consiste en
postular hipótesis que den cuenta de las descripciones -patrones,
categorías, relaciones- contenidas en los núcleos temáticos de
análisis; a continuación se revierte el procedimiento y contrasta la
hipótesis con las descripciones en búsqueda de contradicciones y
anomalías. Es decir, utilizando comparación, contradicción, analogía,
se va de los datos a las
conceptualizaciones, y de ellas a los datos".
Esta larga transcripción del trabajo de Sautú es una buena guía
para la comprensión de las dificultades y particularidades de la
investigación cualitativa y del refinamiento y cuidado necesario en el
trabajo de investigación sobre los propios modos de vivir y adjudicar
sentido a las acciones, las percepciones, creencias y valores de una
comunidad o un otro significativo. Para la I*A, estas observaciones son
doblemente relevantes, ya que el investigador no se ubica desde una
posición de mero observador externo, sino desde una doble posición
epistemológica de observador-actor
(a la que me he referido en otros escritos). Para buscar similitudes,
podemos poner el ejemplo de la práctica del analista social (ya sea
terapeuta, analista institucional u operador de grupos). 1) Como observador, el investigador debe practicar cierta "disociación operativa" que le permita conservar un distanciamiento analítico y crítico del (o de los) contexto(s) total(es), como contexto mediato e inmediato en que se realizan las condiciones de vida del grupo humano. 2) La observación de las actitudes y conductas de los individuos y grupos respecto a los diferentes contextos por un lado, y respecto a las relaciones entre los mismos actores. 3) El investigador debe desarrollar la capacidad de registrar minuciosamente las modalidades que va asumiendo en el grupo el planteo de los problemas de la comunidad, el grupo o la institución. 4) Por último, el investigador debe tomar conciencia sobre sus propias reacciones y los modos como va asumiendo también un rol de actor-participante (investigador-observador y actor). Como el terapeuta, debe decidir cuáles deberán ser las modalidades y cuales los tiempos adecuados para la intervención social. Debe calibrar y definir sus aportes, sobre todo en la construcción de las estrategias que el grupo va desarrollando para el abordaje de los temas que la comunidad ha ido definiendo (encuadramiento del problema en diferentes contextos de análisis, acciones pasibles de ser realizadas, etc.). Y por último, debe cuidar que la comunicación y el lenguaje utilizado sean comprensibles y reconocibles para la propia comunidad. Y que las actitudes y el comportamiento permitan ser reconocido en un rol, en una imagen definida del para qué se está en la comunidad, y –obviamente- jamás traslucir que se está o se siente “por arriba”, o que se está llevando a cabo una clase de ejercicio de campo o una experimentación.
Una particularidad central de la I+A, y uno de sus aportes
fundamentales, radica en la recursividad, o la circularidad de las etapas
del proceso descripto. Una vez que el investigador observe (y "sienta")
que está madura la situación para su participación mas activa, puede
cumplir un rol fundamental en lo que hace a promover (y a buscar el modo
más simple y adecuado de explicar) la necesidad de un análisis crítico
recursivo, y de que el propio grupo vuelva a reiniciar el proceso paso a
paso, a fin de favorecer la autoreflexividad, y el logro de autodiagnósticos
de los problemas y de las condiciones comunitarias por consenso. Significa
instalar el método participativo en
el análisis de los problemas y la toma de decisiones en el seno de las
prácticas de la comunidad, y la adopción de esta técnica se adecúa
a la capacitación para el trabajo en grupos, el logro de metas comunes y
el desarrollo de experiencias institucionales. Estas ideas de aprendizaje
y crecimiento organizacional no son ninguna novedad para el mundo de las
empresas, pero aún parecen una práctica algo extraña en ámbitos
comunitarios. Tal vez una de las pocas excepciones se halle entre las
asociaciones voluntarias que Turner ha denominado como militantes y
"activistas", generalmente bastante alejadas física e
ideológicamente de los encuadres del mundo empresario. Turner menciona
además otras tres formas de asociación voluntaria: las orientadas al
mercado y al fundraising (P. Drucker), las de patronazgo caritativo,
generalmente relacionados a iglesias, y las dependientes de organismos
estatales. Significativamente, ni las asociaciones orientadas hacia el
estado o dependientes de él, practican este ejercicio de crecimiento
colectivo, aunque sí ha habido ciertas experiencias positivas de
ejercicio crítico en las organizaciones fomentadas por gobiernos
democráticos con ideales participativos -generalmente suspendidas al poco
tiempo por resquemores de los funcionarios oficiales responsables, o de
los propios líderes de las asociaciones-. III.
LA TRIANGULACIÓN
RECURSIVA EN
LA INVESTIGACIÓN
En metodología de la investigación se ha hecho común la
referencia a la noción de triangulación entre técnicas diferentes,
aplicadas al diseño de un proyecto de investigación que permita la
comparación entre los datos relevados por medio de cada uno de los
instrumentos de recolección de datos y los diferentes diseños llevados a
cabo, aumentando así el
grado de validación de los resultados.
Para evitar confusiones, he preferido calificar este tipo de
triangulación como recursiva, y me referiré a la idea de que todos los
proyectos de investigación presuponen explícita o implícitamente, tres
aspectos de un dispositivo triangular
básico: a)
Una “realidad óntica” –a
la que subyace una ontología- del
mundo de los hechos, los procesos, los fenómenos que constituyen el “objeto
de estudio”, al que generalmente nos referimos como unidad de análisis. b)
Un cuerpo teórico, una trama de
conceptos, que asociados entre sí constituyen los instrumentos
intelectuales por medio de los cuales se construyen proposiciones
e hipótesis de investigación (dispositivos de análisis a los que
Whitehead denominó alegremente la “red de pesca” con la que vamos a
recolectar datos, hechos e
información en el “mar de la realidad”). Este segundo elemento
constituye evidentemente el dispositivo epistemológico,
la selección y combinación lógica y propositiva que los investigadores
hacen dentro de un corpus de
conocimientos de una (o de diferentes) disciplina(s). Cuando la
investigación empírica se centra sobre fenómenos
que aún no se conocen bien, supone generalmente seleccionar un
conjunto de datos y conocimientos que
permitan explorar un campo de hechos sobre
determinados “temas”,
o un ámbito óntico-ontológico (estudios sobre la comunidad, la familia,
la pobreza, la estructura social, la formación de organizaciones de la
sociedad civil y el sector social, las asociaciones voluntarias,
etc.). Cuando
el objetivo de la investigación está mas centrado en una problemática
eminentemente teórica (por. ej. clase social, o estamento), el peso de
las proposiciones se centra en los aspectos y las discusiones teóricas y
epistemológicas. En toda investigación, el tema
es un recorte que circunscribe un ámbito de “realidad”, y el problema
define las preguntas que nos hacemos. Ambas constituyen la
elaboración conceptual, el universo temático-problemático a partir de
la cual construímos las proposiciones,
y el dispositivo que dará origen al diseño de investigación. Las
investigaciones interdisciplinarias
se caracterizan por una combinación de proposiciones
correspondientes a disciplinas diferentes, las que se articulan en nuevas
formas proposicionales. La complejidad ontológica de la mayoría –sinó
la totalidad- de los procesos
sociales obliga a desarrollar y
articular perspectivas temáticas y problemáticas múltiples, o sea
unidades de análisis y marcos teóricos diferentes, así como diseños de
investigación interdisciplinarios.
Toda realidad social es intrínsecamente compleja, lo que de por sí
invalida pretensiones omnipotentes por parte de ninguna disciplina
particular. Pero además, los temas de investigación social obligan a
desarrollar abordajes inter(disciplinarios)
que ayuden a profundizar e interpretar la problemática (teórica) en
función de la realidad, lo que implica desarrollar una constante labor de
análisis crítico, mas que
una simple interacción entre la teoría y la práctica, un proceso recursivo
entre ambos, un ir y volver permanente. La “construcción de
conocimiento” no es un fin
en sí mismo, sino la adecuación
entre nuestros conocimientos y las temas y problemas que construímos
sobre las realidades que abordamos. Por
otro lado, la investigación transdisciplinaria
supone la existencia de un
corpus teórico originario, que permite la construcción de problemas y de
proposiciones que cortan transversalmente
a múltiples disciplinas y temas diferentes. Este ha sido el caso de la
Teoría General de Sistemas y la Cibernética, y aún del estructuralismo,
pero éstas experiencias teóricas han concluído generalmente en pobres
resultados, al desarrollar explicaciones reduccionistas y altamente
formalizadas de los temas de estudio, temas que demasiadas veces se
constituyeron en mero terreno de prueba de modelos formales en busca de
“leyes” universales. Sin embargo la Teoría de los Sistemas Complejos,
y la “epistemología de la complejidad” (Morin y otros), en su intento
de derribar las fronteras y la miopía de los discursos reduccionistas de
disciplinas “rigurosamente vigiladas”, aún pueden reservarnos
sorpresas interesantes para el futuro. La construcción de perspectivas
transdiciplinarias que articulen conocimientos
diferentes y metalenguajes (como lo fueron en su momento los
“grandes relatos”), y que enriquezcan la comprensión de las complejas
realidades humanas, difícilmente puedan ser eliminadas como un deseo
permanente de construir sentido,
y una necesidad trascendente de interpretar el mundo.
c) Un tercer elemento, o la tercera “pata” de la mesa que ha
sostenido el desarrollo histórico de la investigación científica, es
generalmente la más difícil de reconocer y controlar por parte de la
comunidad científica. Se refiere a los valores
y
la praxis de la investigación. La ciencia neutral por principio niega
o intenta minimizar la inclusión de este tercer e indeseable elemento: la
incidencia extracientífica de valores, creencias y subjetividades. La filosofía de la ciencia diferenció entre
el contexto de descubrimiento,
que reconoce la influencia de
la experiencia, la cultura, las creencias
y la imaginación en el desarrollo de las ciencias, pero lo
sometió al rigor del contexto de
prueba. Esta separación –actualmente
dudosa- establece una autonomía propia
de la ciencia, pero al costo de una limitación para la extensión
de los dominios y los temas de la objetividad científica, y también la
imposibilidad de concebir una epistemología “pura” –no contaminada-
del conocimiento. K. Popper sostuvo la necesidad de asegurar al menos la
intersubjetividad en la construcción del conocimiento científico. Con
respecto al “problema ontológico” de las ciencias sociales (el 1er.
aspecto), Popper afirma que la sociedad es en última instancia “un
conjunto de individuos”, lo que en la práctica implica reducir los
dominios de realidad social a
fenómenos “derivados” de la interacción entre individuos. Comunidad
y sociedad prácticamente se transforman en meros epifenómenos. La
última realidad es el individuo, no el socius.
La creencia es subjetiva, el
conocimiento debe ser
intersubjetivo, se constituye en valor supremo, y debe asegurar su validez
mediante el criterio de falsabilidad,
y la ciencia debe establecer criterios sólidos
para someter toda ley, toda
proposición a una “prueba de realidad”. Pasar la prueba no significa
confirmar la ley, pero sí significa construir una línea de demarcación
segura entre la ciencia y la creencia. Ninguna prueba o experimento son
definitivos. Pero este criterio de verdad tiene su precio, el conocimiento
solo será válido si permanece
separado de los cambios del tiempo y la historia y por ende de las
realidades de la acción humana. A la búsqueda de leyes y de una
ciencia nomológica, Popper desconfió de la historia y de la posibilidad de construir
conocimiento válido sobre los procesos y las transformaciones
históricas. Esta separación entre la historia y el conocimiento
sistemático de la sociedad ha marcado profundamente a las ciencias
sociales, y pocos autores (Marx, Weber) lograron construir sistemas de
pensamiento que integraran ambos abordajes epistemológicos en paradigmas
interpretativos fructíferos (Vizer, 1999).
En la caracterización de la investigación-acción,
sobresale la inclusión deliberada que se hace
del 3er. elemento, la praxis, la acción, el conocimiento, y el
tiempo como partes integrantes del proceso de investigación. La recursividad analítica y crítica es absolutamente imprescindible
para asegurar un proceso de construcción de conocimiento sobre los
procesos de cambio y transformación
(ontológica). Los tres aspectos implicados en el proceso de
conocimiento se integran en un mismo proceso de triangulación
recursiva. El criterio de validez es la adecuación entre los tres
elementos, dentro de un plan o dispositivo estratégico (generalmente la
búsqueda de un objetivo de cambio y
de aprendizaje).
Como todo método que se niega a separar apriori el pensamiento de
la acción, y la producción de conocimiento de la comprensión sobre la
propia acción de conocer (el insight, la comprensión, el proceso que los constructivistas radicales
denominan el “conocimiento del conocimiento”),
la I+A ha sido precisamente el blanco de críticas y una permanente
desvalorización por parte de la ciencia “objetiva”. El
argumento ha sido: si lo que se busca es conocer algo, hay que intentar
aislarlo, controlar toda posible
interferencia indeseada; y la I+A busca precisamente el cambio,
la transformación. Es cierto que las críticas han sido a veces
justas, ya que en nombre de la transformación, muchas
“investigaciones” fueron usadas como instrumento o subterfugio para
promover objetivos ya predeterminados. En otras palabras, la persuasión
tomaba el lugar de la búsqueda de conocimientos. La
escuela de Comunicación y Desarrollo ha tenido (y tiene) una asociación sumamente estrecha con los métodos de la
investigación-participativa, y se ha constituído en un modelo de
trabajo en tanto no solamente asocia la producción de conocimiento con la
participación de los propios sujetos implicados, en una forma de comunidad
de conocimiento y de objetivos, sino que supone la búsqueda y la
construcción de sentidos, de
valores y de objetivos compartidos
entre el investigador y la comunidad o la institución implicada. Este
proceso busca promover una espiral recursiva de conocimiento compartido a
partir de una reflexión y una búsqueda permanente de relaciones
entre el mundo de la empiria (a), la teoría (b) como
producción de conocimientos, y (c) las condiciones en que la propia
práctica –el proceso- se desarrolla. Desde
la perspectiva metodológica, hay un emparentamiento con las técnicas
etnográficas y etnometodológicas, con el método inductivo y la
inducción analítica, con la comprensión “etnográfica” de la
comunidad, y de todas las formas de interacción grupal mediante la observación
y el registro documentado e intensivo de los procesos grupales,
evitando la tentación de documentar solo retrospectivamente las acciones,
decisiones, frases, gestos, cambio de temas, intercambios de todo tipo,
etc. Es importante el registro de notas de campo, grabaciones, diarios y
registros de actividad, filmaciones, etc. Desde la perspectiva de la
comunicación, los “unidades de análisis” para la observación pueden
seguir la clasificación en tres categorías presentadas por Gerbner: en
primer lugar la comunicación como concebida como intercambios
verbales. Desde la perspectiva del aprendizaje y del conocimiento a
través del diálogo, como un deutero-aprendizaje
(aprender a aprender, Argiris, 1978), como un diálogo
“cogenerativo” de conocimiento (Levin, 1991). Korten (1980) usa la
noción de “aprendizaje social” en
un sentido organizacional para describir la capacidad de adaptación
anticipatoria, como una capacidad que invoca el reconocimiento y el
aprendizaje a partir de errores y la colaboración grupal. Evidentemente,
estas perspectivas sobre la naturaleza y los alcances de la comunicación
se hallan a años luz de las técnicas de los años sesenta: “que
mensajes, por cuáles canales, a cuáles audiencias” (a los que
Lasswell agregaría “con qué efectos”)?
La segunda categoría comunicacional de análisis corresponde a la
comunicación en tanto acción y práctica
social (qué es lo que la
gente efectivamente hace, cómo lo
hace, cuándo lo hace y para qué). La tercera categoría aborda los
aspectos institucionales de la comunicación.
Las relaciones de lo que se dice y se hace con los contextos
sociales, institucionales y culturales de la comunidad. Las
“situaciones” de comunicación como emergentes y reproductoras de
contextos mayores. Como rearticuladoras del tejido común de relaciones y
vínculos sociales, y
como “reproductoras” o bien transformadoras de las
instituciones, tanto en sentido material como simbólico e imaginario. Es
interesante asimismo acotar la gran importancia que tiene la observación,
el análisis de las características y la comprensión de los momentos en que se producen discusiones,
quiebres o violencia –ya sea manifiesta
o latente- en determinados
contextos comunitarios o institucionales. El resurgimiento de la I+A
evidencia actualmente los
aportes que ha recibido de las investigaciones sobre procesos educativos y
el desarrollo organizacional. Y asimismo
ha hecho patente la profunda implicancia epistemológica
de las asociaciones
que se establecen entre la I+A y la ciencia social crítica. Por un lado,
ambas comparten la
preocupación por la comprensión y
la formación de sentido en los sujetos implicados, por el otro, ambos
requieren de la reflexión crítica como método en la construcción de un
conocimiento transformador. Por último, ambas comparten un mismo problema
(u objeto) de estudio: las
prácticas sociales. Las prácticas de la comunidad y de los propios
científicos sociales como objeto –como tema y problema- para el
mejoramiento de la propia práctica, y como proceso reflexivo y recursivo
(en espiral) que permite construir un conocimiento sobre el propio
conocimiento de la praxis social.
Creo apropiado realizar un breve resúmen actualizado de un trabajo
que publiqué hace unos años sobre los tres aspectos
implicados en la
investigación social. Los
fracasos de la ambiguamente denominada “ingeniería social” –que ha
sido un intento de “aplicación” de conocimientos disciplinarios y
prácticas profesionales especializadas-, y de las experiencias
tecnocráticas de cambio y modernización social implementadas para
grandes proyectos de mejoramiento de las condiciones sociales, económicas
y ambientales de grupos humanos, ha puesto en evidencia la necesidad de
replantear un sinnúmero de temas, tanto por parte del estado como de la
sociedad, y del heterogéneo conjunto de los científicos sociales.
Someramente, puede clasificárselos en tres grandes categorías:
-
Los que hacen a nuevas realidades y tendencias globales, como condiciones dominantes en
las estructuras, los procesos y la formación de actores sociales.
Desequilibrios y asimetrías económicas y tecnológicas. Complejidad e
interdependencia sistémica en constante aceleración: entre procesos e
instituciones políticas; entre estructuras y sistemas de decisión
locales y globales, en las problemáticas y en el rol de las instituciones
públicas. Tendencias a la descentralización y la privatización
progresiva, y consecuentemente a la expresión de necesidades y demandas
sociales de una sociedad civil con quiebres estructurales crecientes (la
lista es prácticamente inacabable y crece día a día)
-
Una segunda categoría (epistémica y menos dramática) corresponde a las limitaciones
críticas de las ciencias sociales, paralelamente a la crisis de
legitimación epistemológica de los paradigmas tradicionales en la
teoría, la metodología y las prácticas científicas (especialmente en
las ciencias sociales). La tecnocracia, el pragmatismo, y el
instrumentalismo aplicados al cálculo han implantado un discurso
seudocientífico con términos como eficiencia y eficacia, éxito y
racionalización, toma de decisiones y resultados. Se han suplantado
“oscuras y poco prácticas” ideas clásicas como conocimiento,
reflexión, problematización,
crítica, sentido, etc. (basta prestar atención a la terminología
mediática, y al horror que despierta un término como “autocrítica”,
calificado por algunos comentaristas como un término “marxista”). -
La necesidad de redefinir las modalidades de producción,
circulación, inserción e intervención
social estratégica en los procesos
de conocimiento (la noción de “sociedad del conocimiento” merece
una profunda consideración). La definición de la especificidad
intelectual y el compromiso ético
y social en las prácticas y las
relaciones entre los científicos –en calidad de actores y observadores
privilegiados- y con respecto a las realidades y las instituciones
sociales, que se hallan en
proceso de mutación. Es también necesario revisar la “productividad”
teórica y práctica, así como la legitimidad de ciertos discursos
teóricos y metodologías que no parecen responder ni a las condiciones
objetivas ni a las urgencias crecientes. Los
entrecruzamientos de este trípode configuran un “mapa” heterogéneo
del campo de problemas actuales que ineludiblemente deben ser enfrentados
en forma acelerada. IV.
LOS ESTUDIOS DE COMUNICACIÓN
Y LA I+A
Para
los investigadores de los procesos de comunicación, la década de los 60
y los 70 fué la época de auge de los estudios sobre los efectos y la creencia en la omnipotencia de los medios de
comunicación (aunque no tanto como lo es hoy en día la seducción de las
creencias en las posibilidades míticas de las TIC´s: para el logro de
metas individuales y sociales; para solucionar los problemas y conflictos
de todo tipo mediante una “buena comunicación” y un salto
tecnológico a la era digital-virtual; para la concresión de una sociedad
democrática ideal basada en el conocimiento, y para la exagerada
sobrevaloración de los logros de una creciente economía
basada en la información y el
conocimiento). La diferencia fundamental entre ambos momentos -el de
la era de la televisión y la actual de la Autopista de la Información-
estriba en que el primero depositaba el "poder" en las fuentes y
la emisión, y la segunda afirma el rol activo del "receptor-usuario"de
las TIC´s en el desarrollo de una capacidad estratégica para la
búsqueda de recursos de información y el diseño de estrategias por
parte del individuo. Las investigaciones sobre los medios de comunicación
masiva se centraban básicamente en la relación de los públicos con la
televisión, y se lo estudiaba bajo la teoría de los efectos directos (de
carácter funcionalista en lo social, y conductista en lo psicológico).
Los trabajos de autores como Skinner y Hovland quisieron demostrar los
efectos que causan los medios,
y cómo lograrlos en forma instrumental mediante estrategias y diseños
específicos de comunicación. Aunque el análisis de los procesos de
comunicación no toma como único elemento activo a los medios en sí
mismos, ni tampoco una relación causal y lineal sobre un receptor pasivo,
sino que complejiza los procesos comunicacionales y los aborda a través
de una trama teórica construída con aportes de diferentes disciplinas,
como la psico-sociología, la socio-lingüística y la economía
política.
Esta complejización de las relaciones entre los nuevos procesos
sociotécnicos, psicosociales y culturales (en especial el crecimiento
exponencial de las industrias culturales), puso en evidencia la propia
complejidad e inevitable interdisciplinariedad de los estudios sobre la
influencia de los medios en diferentes públicos. Los investigadores y
académicos, influídos por los criterios de rigor científico (o más
bien cientificista, en el sentido algo peyorativo que se le daba al
término en la época) y por la demanda de resultados empíricos
aplicables de parte de las fuentes de financiación, llevaron
a una aparente e exigencia de encerrar los estudios sobre las
influencias potenciales de los medios de comunicación, así como también
a los estudios sobre comunicación grupal, interpersonal y cara a cara, en
los laboratorios de prueba, tanto en universidades como en
empresas. La
comunicación como herramienta fundamental de apoyo a los procesos de
cambio social mediante la educación y la capacitación comunitaria, y la
intervención dentro y hacia poblaciones marginales, se materializó en
programas de acción mediante la participación efectiva de agencias
internacionales, estatales y particulares en proyectos de desarrollo y
promoción social específicos (en programas de salud, de educación,
capacitación, etc.). La comunicación y la difusión, eran reconocidas
por las agencias y las instituciones preocupadas
en problemáticas del desarrollo como un medio estratégico de
acción comunitaria que permitía realizar
experiencias aplicadas sumamente refinadas en su diseño, aunque
aparentemente artesanales y algo improvisadas en su implementación para
las zonas más atrasadas y rurales (los “técnicos” muchas veces no se
interesaban en capacitarse en los recursos proporcionados por los
investigadores científicos). Existía –existe- un divorcio entre los
métodos científicos y la formación humanística (recordemos la
separación entre las dos culturas, la científica y la humanística);
entre la teoría y la práctica, entre el conocimiento y la acción, entre
el pensamiento reflexivo y la transformación de la realidad. Esta
situación dejó a las teorías y las metodologías que se interesaban
precisamente en combinar la investigación con la práctica en una situación ambigua. Los que buscaban modos de rearticular las relaciones mutuas e indisociables
del dominio de la realidad social se hallaban en una difícil situación,
en una "tierra de nadie" (este es el caso que nos ocupa, el de
la metodología de la investigación-acción y las dificultades que ha
encontrado para su desarrollo
y su reconocimiento académico) Ya
a mediados de los 60 se inicia una reacción contra el paradigma
funcionalista, y a instancias del fermento intelectual de los estudios
linguísticos y el estructuralismo francés, se produce un viraje hacia el
estudio de las lenguas, los sistemas significantes, el análisis
semiológico y los procesos ideológicos. En un contexto social global de
radicalización política, los intelectuales instauraron el debate
crítico sobre las relaciones ambiguas y profundamente imbricadas entre la
ciencia y las ideologías. A partir de esta secuencia de oposiciones y
conflictos (científico-epistemológicos, políticos e ideológicos)
la academia se transformó en un campo de batalla, así como la
desconfianza y la crítica feroz aunada a cierto descrédito hacia los
intelectuales y las ciencias sociales,
transformaron posteriormente a la comunidad de cientistas sociales
en la principal víctima de un proceso que en el dominio del conocimiento
es eufemísticamente llamado "crisis de paradigmas", pero que en
América Latina fué acompañada de medidas políticas drásticas mas
allá del mundo académico y representaron una ruptura en los procesos de
desarrollo institucional de las nuevas ciencias sociales. En
América Latina, esta efervesencia crítica se vivió bajo el signo
pendular de las dictaduras, sujeta a los avatares de intelectuales
"itinerantes", o bien dentro de instituciones frágilmente
resguardadas de la violencia y el terror imperante. Paulo Freire y su
teoría sobre la concepción liberadora
de la educación había logrado influir notablemente en el desarrollo de
las concepciones sobre la comunicación. La línea de trabajo de la
educación popular comenzada con Freire, cobraba influencia y notoriedad
con el método de alfabetización campesina en Brasil, la que
posteriormente se aplicaría en otros países latinoamericanos. La
metodología de Freire, basada en la reflexión colectiva y grupal,
rompía con la relación vertical entre un “educador-activo" y un
"educando-pasivo”. La propuesta de una relación dialógica y
horizontal fue paulatinamente transfiriéndose a los procesos
comunicacionales. Si en los años 50-60 se había propuesto una educación
y una comunicación para el
desarrollo económico, hacia fines de los 60, y comienzos de los 70, las
nuevas teorías impulsaban
una concepción de los procesos educativos y comunicativos
orientados hacia el cambio social y el crecimiento de la capacidad de
aprendizaje, de conciencia y capacidad crítica y reflexiva sobre las
propias condiciones de vida. Estudiosos críticos de la comunicación como
Pasquali, como Kaplun y Mattelart, rompieron con el modelo lineal y causal
de la comunicación (emisor-mensaje-receptor) y abordan el proceso de
comunicación desde la perspectiva de una relación dialógica, y a la vez
analizaron y denunciaron en los trabajos académicos, la presencia
“ideológica” implícita en las producciones de la industria masiva de
los medios de comunicación. Juntamente con la reafirmación de los procesos democráticos en América Latina, la apertura cultural e intelectual, así como la multiplicación de carreras de comunicación social, ha comenzado a profundizarse el interés en la I + A, en reflexiones y experiencias concretas sobre problemas atinentes a la sociedad civil, lo público y lo privado, la gestión social bajo condiciones participativas, las asociaciones voluntarias, la promoción y el desarrollo comunitario, así como la consiguiente necesidad de contar con instrumentos teóricos y metodológicos apropiados. En los ochenta se han realizado intentos para encuadrar la problemática de la Comunicación y el Desarrollo (C+D) bajo el marco de la investigación-acción participativa. Se puso en evidencia la importancia de apoyar estas actividades en una sólida articulación entre la construcción de teoría ligada a la práctica de la C+D, y sobre todo a la comprensión y el abordaje de los procesos de transformación social. Esto implica explorar y cubrir áreas tan diversas como el desarrollo económico (fundamentalmente local y regional); la salud, la educación, la adopción de tecnología, los problemas atinentes a la complejidad de las organizaciones sociales, los procesos de crecimiento y capacitación humana y laboral, y los fundamentales valores de formación reflexiva en derechos humanos y sociales, la ciudadanía y la participación social.
V:
ANTECEDENTES Y CONSECUENCIAS HISTÓRICAS: PRAGMATISMO, COMUNICACIÓN
E I+A A
comienzos del siglo XX, una filosofía que marcó los futuros estudios de
la comunicación fue el pragmatismo de W. James y J. Dewey, lo que
señaló un camino recorrido por varios investigadores que dieron origen a
la denominada Escuela de Chicago y –entre otros– a estudios
innovadores sobre la interacción humana.
En los Estados Unidos, el filósofo de la educación John Dewey
(1910) aportó las primeras reflexiones
para el desarrollo futuro de la I+A al sugerir que las prácticas
sociales debían constituírse en un tema de estudio. Sugería que tanto
los docentes como los investigadores de la educación así como la propia
comunidad debían ocuparse en forma colectiva de los problemas de la
educación para producir reformas que democratizaran y demistificaran la
investigación en educación. Consideró la investigación como un proceso
de autocorreción continua, y sujeta a la pretensión de un conocimiento abierto a la discusión y la crítica permanente. Consideraba que el
"valor" de la investigación se asentaba en la utilidad de sus
resultados comprobable en la práctica. Los resultados finales de las
prácticas de la educación se constituían en la demostración del valor
de la investigación científica. La Escuela de Chicago, imbuída de un visceral pragmatismo filosófico, se constituía en el
semillero de los futuros desarrollos del interaccionismo social, como
promotor de investigaciones sobre la acción y las relaciones sociales, la
vida cotidiana y la formación de los procesos simbólicos en el seno de
la vida social. Las
limitaciones filosóficas y cierta prevención hacia implicancias sociales
del pragmatismo, no invalidan su originalidad como una filosofía de la
acción (y fundamentalmente en el campo de la decisión y la gestión
del cambio, ya sea en la
persona, en las relaciones sociales o en las instituciones) y es necesario
reconocer que conlleva una crítica a la concepción utilitarista del
actor social individual y solitario que persigue racionalmente sus fines.
En este sentido es un intento de superación del dualismo cartesiano, el
que ha representado una expresión racionalista de la emancipación del
individuo de la autoridad de las instituciones y de las ideas
tradicionales autoevidentes, proceso de construcción de la subjetividad
individual que tuvo lugar a comienzos de la modernidad.
La filosofía pragmática sustenta el concepto de racionalidad y un
ideal normativo que se expresan teóricamente en la idea de acción
autorregulada. La teoría pragmática del orden social, por lo tanto,
está guiada por una concepción del control social en el
sentido de autorregulación colectiva y resolución colectiva de
problemas. Esta concepción del orden social está inspirada en ideas
acerca de la democracia y la estructura de la comunicación en las
comunidades científicas. Se sustituye el concepto rector del
cartesianismo, el del “yo” que duda en solitario, por la idea de una
búsqueda cooperativa de la verdad a fin de enfrentarse con problemas
reales que surgen en el curso de la acción. En
estas ideas se hallan las bases filosóficas y epistemológicas de varias
escuelas de pensamiento moderno sobre el individuo, las relaciones
sociales y el intercambio simbólico, la interacción en el seno de los
grupos y las organizaciones, los objetivos de la acción social y la
construcción del sentido en la vida cotidiana, aunque como una
funcionalidad orientada a la resolución
de problemas. Es sumamente interesante resaltar el viraje
eminentemente dinámico y “aplicable” (práctico y “pragmático”)
de las teorías que han surgido como derivados –de filiación mas o
menos directa- de una filosofía orientada hacia el estudio de la acción
y la conciencia práctica en el seno de la vida social. Pero asimismo es
sumamente interesante remarcar la “funcionalidad” entre estas teorías
y las características específicas de la estructura económica, social,
política y cultural del moderno capitalismo norteamericano, así como su
exitosa expansión a escala mundial (en los términos de I. Wallerstein,
un modelo de economía-mundo
que se ha mundializado y
asimilado a un proceso planetario que generalmente se concibe como
globalización). Las
“nuevas escuelas de pensamiento” son también derivados de casi 100
años de pragmatismo. Y se han transformado en teorías “evidentes al
sentido común”, fundamentalmente en el mundo de las prácticas de la
economía, de la gestión de las organizaciones, de las políticas de
Estado, de los administradores y de los entrepreneurs creativos. El
desarrollo y la educación de los jóvenes en los valores de una
racionalidad funcional, eficiente y eficaz (aunque evidentemente no la
única forma de racionalidad, ni posiblemente la más deseable para la
vida social) son hoy aplicadas en la educación, en la resolución de
problemas y en la capacitación para el diseño prospectivo de estrategias
de acción realistas. Y son hoy aceptadas no solamente en el mundo de las
empresas, en la economía tradicional, en la “nueva economía”, y en
la planificación de las políticas públicas, sino que además reciben el
impulso y la bendición de los organismos internacionales que las
propugnan como modelo paradigmático de racionalidad. Una racionalidad
modernizadora y estratégica para la asimilación de las economías
y los estados nacionales, sus instituciones y sus políticas a
criterios y normas uniformes y globales. Los éxitos de una
filosofía de la acción que ha surgido históricamente para rearticular
la disociación moderna entre la mente y el cuerpo, el pensamiento y la
acción, la conciencia individual y la sociedad, parecen haber consagrado
esta disociación con el éxito unívoco de los segundos términos: la
acción por la acción en sí misma, la sociedad como mercado, el culto al
cuerpo como exhibición, el individuo como consumidor.
Pero es importante no “tirar el agua de la bañera con el bebé adentro”. Las problemáticas que abordaron las propuestas que originariamente surgieron como una filosofía de la acción para afrontar la disociación entre el pensamiento y la acción, entre la investigación como producción de “saber por el saber mismo” y la investigación como forma estratégica de entender y producir cambios en la realidad, son problemáticas que aún nos aquejan. Si el mundo real y las organizaciones e intereses dominantes que lo orientan, han hallado en esta filosofía una apoyatura intelectual y una justificación, no es solamente responsabilidad de sus autores. Ambos procesos han surgido de complejos y conflictivos condicionamientos sociales, y de profundas tendencias de reorganización económica, política y cultural, así como de la necesidad de construcciones intelectuales que en tanto universos de sentido (que tradicionalmente se designaban como ideologías) han sido capaces de otorgar significado, identidad y un sentido de direccionamiento histórico por medio de sistemas de interpretación asociados a prácticas específicas. Hay una necesidad creciente de generar “puentes” y articulaciones en un mundo disociado y fragmentario. Esta disociación se ha dado en forma paralela a una estrecha dependencia con el desarrollo de tendencias hegemónicas que rearticulan nuevas alianzas e intereses entre agentes sociales desde el nivel local, al regional y global. Por un lado, fuertes tendencias hacia la descentralización y la fragmentación social, acompañadas de la dispersión intelectual. Por el otro, la presencia masiva de las redes de información y comunicación acompañadas de expectativas de un mundo interconectado e idealizado como una aldea. Todo el mundo acuerda en la necesidad de concretar las posibilidades de acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, y esto se ha ido constituyendo velozmente en una demanda generalizada. Pero los motivos son muy diferentes: para las empresas, para diferentes públicos, para el estado y para la propia comunidad. Las TIC´s no resuelvan los problemas reales –ni ontológicos ni teóricos-, y apenas si representan un medio nuevo de acceso a procesos de producción y circulación de datos y de información. Son sumamente valiosos y específicos para establecer redes y formas de participación social en nuevas modalidades –o en su defecto de generar nuevas formas de diferenciación y aislación social-. Esto podría abrir las posibilidades de nuevas alternativas que deben aún ser experimentadas respecto de procesos inéditos de transformación social (económica, política y cultural). Las TIC´s pueden tender a reforzar la marginación de los grupos y sectores sociales más vulnerables, pero al mismo tiempo abren las puertas para la creación de nuevas formas de asociación económica, política y cultural (Vizer, 2000).
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1995. Zeitlin I. M., “Ideología y teoría sociológica”. Amorrortu, Bs. As. 1986.
NOTA: (*) De “La trama invisible de la vida social: comunicación, sentido y realidad”. Libro, en prensa. (ALAIC 2002). Eduardo A. Vizer (UBA) es doctor en Sociología. Profesor Titular Regular de la Cátedra Promoción Comunitaria, y del taller de Comunicación Comunitaria. Coordinador del proyecto y 1er. Director de la carrera de Ciencias de la Comunicación, Universidad de Buenos Aires. |
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