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Eduardo
A. Vizer
evizer@yahoo.com
De
“La trama invisible de la vida social: comunicación,
sentido y
realidad”. Libro, Introducción, en prensa.(ALAIC2002,
comisión teoría y metodología).-
Abstract: La Modernidad es una
categoría histórica. Un paradigma de
construcción de imaginarios sociales, asociados a una historia
social de las ciencias y los modos de construír conocimiento, tecnología
y poder de intervención sobre la “realidad”. Categorías como
naturaleza, sociedad, individuo y subjetividad son construcciones sociales
asociadas a diferentes etapas
de las ciencias: físiconaturales, sociales y psicológicas. En este
contexto, las “ciencias de la comunicación” se constituyen en el
imaginario social del siglo XX, en un paradigma marcado por la técnica,
la transdisciplinariedad y la transsubjetividad en los procesos de
construcción de sentido.
Keywords:
Construcción social
del objeto científico; transsubjetividad, sentido e imaginarios sociales; comunicación-posmodernidad.
INTRODUCCIÓN.-
Los
ciencias sociales parecen tener grandes dificultades teóricas al
enfrentar las crisis de transformación de la sociedad moderna. Desde un
positivismo siempre resistente se mantiene la exigencia por los hechos empíricos
y la cuantificación, aún entre quienes sostienen posiciones críticas.
Así que es perfectamente válido y enriquecedor proponer a las
“ciencias de la comunicación” como intento de rastrear claves -generalmente ocultas- que ayuden a la
construcción de modelos y
estrategias interpretativas sobre
realidades vividas como “mundo de la vida”, a las que la
Fenomenología de Hüsserl y el pensamiento social alemán
denominaron “Lebenswelt”.
Ahora
bien, como todo conocimiento científico se construye a través de la
objetivación y del recorte
de un dominio de "realidad" (de hechos, de acontecimientos, de
realidades naturales, sociales, o psíquicas), el problema epistemológico
fundamental radica en definir cómo concebimos y cómo abordamos teórica
y prácticamente ese “oscuro objeto del deseo (de conocimiento)” que
llamamos comunicación. Esta es la problemática de una epistemología
histórica tratada en el presente trabajo. Se presenta a la comunicación,
como una fase contemporánea
dentro de la historia de la construcción
histórica, social y epistemológica de las ciencias sociales, así como
de la formación de sus objetos de conocimiento. Y al método
interpretativo y la investigación acción como estrategias fundamentales
para articular la producción de conocimiento con la intervención social.
LAS CREENCIAS Y LA
VIDA SOCIAL.-
El
tema central del trabajo se puede describir como el análisis de los
procesos y la historia de la formación de creencias y certezas en el
mundo de la vida social. Se refiere
a la constitución de sentido -y en especial de los "sentidos de
realidad"- a partir de los cuales se fundamentan las creencias que
aseguran la construcción de la vida y los lazos sociales, tanto por parte de
los individuos como las
comunidades. Las "realidades" humanas, por mas complejas y
cambiantes que sean, son construidas por los hombres (y las mujeres). Pero
a diferencia de los animales, los hombres precisan atribuir sentido
y valor a la mayoría de sus acciones, en especial cuando se ven
obligados a observar e interpretar
una situación, a elegir entre alternativas, y a decidir entre ellas (aunque
se debe aclarar que este proceso no es solo "consciente y
racional" en el sentido que le atribuye una teoría sobre el
comportamiento económico de la gente; y hace tres siglos atrás, Pascal
lo sintetizó vívidamente: "el corazón tiene razones que la razón
no comprende"). Las acciones de los individuos en sociedad no son
aleatorias, pero tampoco predeterminadas: la propia cultura produce los códigos
que regulan las creencias y las prácticas que hacen posible la vida en
sociedad. En el interjuego entre las experiencias vividas, las creencias y
las acciones se produce el sentido,
y si éste proceso se establece en forma eficaz y sólida en la vida
cotidiana (o sea, si se instituye),
genera las certezas y las
certidumbres que a su vez fortalecen y legitiman a las instituciones, en
el proceso de reconocimiento que hacen los sujetos. En términos clásicos
para las ciencias sociales, podemos decir que las creencias, así como el
lenguaje, los relatos y las metáforas sobre las que se fundan,
corresponden al ámbito de la cultura; las acciones -en tanto praxis-,
corresponden al ámbito de la sociedad y de los actores sociales. Y por último,
en el mundo de la vida (Lebenswelt),
son los individuos en sus interacciones mutuas, y en sus reconocimientos,
los que articulan las relaciones que "instituyen
una realidad", y recrean los contextos sociales: las acciones con
creencias, significados, sentidos y certezas (1). Es el triángulo también
clásico: cultura, individuo y sociedad.
Las
"realidades" que estudian los científicos sociales, no siempre
coinciden con éstas realidades de la "vida social" que viven
los hombres. Las ciencias construyen sus objetos de estudio, y los
investigadores elaboran sus argumentaciones y sus certezas por medio de la
teoría, del lenguaje, y de la práctica metódica de la investigación en
sus disciplinas. Y éstas interpretan y describen las realidades, pero también las construyen. Por esto es importante explorar posibles
modos de establecer puentes entre las "diferentes" realidades:
las de los científicos y las que construyen y llenan de sentido los
hombres, las sociedades y la cultura en sus diferentes mundos de la vida.
Los seres humanos (incluyendo a los científicos, claro está) no podríamos
vivir sin ciertas certidumbres (relaciones
previsibles entre signos, significados y realidades): certidumbres
sobre el mundo material, sobre nuestros vínculos humanos, sobre nosotros
mismos, sobre la cultura y el lenguaje, y en especial sobre el futuro. Sin
embargo, en las complejas sociedades modernas, la vida social no se
construye sobre los acuerdos y las armonías, sino sobre todo a través de
reglas que regulan el conflicto y la lucha por el control y la imposición
de diferentes -y a veces opuestas- definiciones sobre los significados,
los derechos, los valores y las necesidades.
Como
en el famoso cuento "Alicia en el país de las maravillas", no
importa tanto cuál es la "verdad", sino quien
la afirma. La sociedad puede ser vista como un sistema de controles y
regulaciones, pero también como una praxis de actores sociales que luchan
y forman alianzas para acceder al control de los recursos del propio
sistema. Recursos -o capital que pueden ser físicos, estructurales,
sociales, culturales, de conocimiento y aún emocionales. No siempre
quienes controlan instituciones y "dominios" de la realidad
social (hablando metafóricamente sobre el poder
de ciertas instituciones y grupos para definir una realidad por medio
de las creencias y el control de los recursos), controlan en forma hegemónica
los significados y la formación de sentidos. Las instituciones políticas
y económicas por un lado, y las religiones por el otro -y en especial la
iglesia católica-, han lidiado durante muchos siglos por sus respectivas
hegemonías sobre la producción y la reproducción de la vida social (en
la forma de la praxis de producción de la sociedad por un lado, y de su
re-producción fundada en las construcciones
de sentido). Toda la Edad Media lleva el sello de ésta división dual de
influencias entre el poder terrenal y un poder celestial, entre el mundo
de la necesidad y el reino de Dios. Entre el mundo del trabajo y de la
lucha terrenal por un lado (o sea, de los campesinos y de los señores), y
por el otro el reino de la fé (la palabra, el sentido, y la liberación
del alma). Pero el equilibrio histórico se ha quebrado: a partir de la
Modernidad tardía, la ciencia y la tecnología han transformado las lógicas
de ambos procesos, y esto significa que nuestros mundos de la vida ya
nunca serán los mismos. La asociación entre ciencia, tecnología, la economía y el
poder, subvierten constantemente lo que entendemos por realidad, y por
consiguiente se han vaciado los viejos universos de sentido y nuestras
certezas asociadas a ellas. Precisamos de nuevas
metáforas capaces de generar sentido de
orientación hacia nuevas formas de praxis
social.
A
pesar de la crisis de sentido, y de la "crisis de valores",
las comunidades siguen "construyendo sus realidades" en el espacio y en el tiempo. No hay "fin
de la historia", solo un corrimiento en la formación del sentido y
nuevas búsquedas que se abren: en la cultura, en la sociedad y en la
subjetividad de los sujetos. Y esta búsqueda toma la forma del proverbio
africano "el que no sabe adónde se dirige, que no olvide de donde
viene". La historia -que siempre vuelve y se reescribe- no es
solamente la búsqueda de los hechos del pasado, sino la búsqueda de los
significados, la exploración de un sendero recorrido, la interpretación
de los proyectos que guiaron a los actores que lo transitaron. La historia
política investiga sobre los
proyectos y las acciones de los grandes actores sociales; la historia social
intenta recrear los mundos de la vida, las realidades y los sentidos de
los "pequeños actores". Por último, la historia intelectual
intenta "deconstruir" el origen y la formación de las claves y
las categorías por medio de las cuales nuestros antepasados buscaron interpretar
y construir sentidos, palabras y argumentos sobre la propia realidad.
HISTORIA DE DOS PARADIGMAS DE LA COMUNICACIÓN:
ENTRE LAS CONVERSACIONES EN LA PÓLIS, Y “LA VOZ DE DIOS EN LA MONTAÑA”
(LA PALABRA DE LA FÉ).-
Los
filósofos de la Grecia antigua, han sido los primeros en occidente en
sospechar que -mas allá de los caprichos de los dioses-, los hombres son
capaces, y por ende responsables, de reflexionar en forma sistemática
sobre la construcción humana del mundo, y en tomar consciencia de los límites:
de la naturaleza, de la sociedad, del hombre y de la palabra.
Han sido los fundadores de la
ontología, la reflexividad y la
separación metódica: primero
entre la realidad y la conciencia, luego
de la conciencia y la palabra (y por ende fundando la Retórica
como disciplina autónoma y precursora de la comunicación). Crearon las
herramientas de la objetivación y la indagación sistemática instalando
la duda, la curiosidad, y el método que les permitió elaborar una
racionalidad reflexiva y crítica (Sócrates). Con Platón y Aristóteles,
instituyeron la “objetividad” como instancia de racionalidad en las
relaciones entre los hombres y la naturaleza, luego el ejercicio de la
objetivación y el análisis de las relaciones sociales y la política en
el ámbito público de la Pólis (como modelo de
la democracia deliberativa). Las creencias y las certezas ya no
deberían surgir de los mitos y del estado de ánimo de los dioses, sino
de la razón y la argumentación, como lo habían demostrado los primeros
-y tan criticados- comunicólogos-educadores
de la historia: los sofistas (Gorgias, Protágoras). Éste ha sido el
"modelo" original de construcción de un espacio público,
constituído por prácticas de comunicación, donde los ciudadanos se
"constituyen" a sí mismos en tanto "instituyentes" de
un espacio común compartido.
Espacio social en el que se establecen de común acuerdo los códigos y
los procesos que regulan y construyen las relaciones humanas, la identidad
de sus actores y la propia "realidad" de la vida social (al
menos para la selecta minoría de los ciudadanos "libres" de
Atenas).
Otra
fuente de cosmovisiones, de metáforas y creencias que han marcado a fuego
2.000 años de tradición occidental, han sido el judaísmo y el
cristianismo. Hay profundas raíces históricas y culturales que
llevaron a los
profetas judíos –sobre todo a partir de Moisés- a concebir la
originalidad de la primera historia de las relaciones de un pueblo con su
dios (el Talmud, el Antiguo Testamento). En el origen no está la duda o
el asombro (como en Grecia) sino la búsqueda de la liberación a través
del reconocimiento de la verdad revelada
del monoteísmo, de Jehová como el único Dios. Los términos fé,
revelación y liberación, tres mil años después de haber sido
instituídos, aún son dispositivos
de producción de valores y de sentido; con una enorme fuerza y
efectividad mas allá de la religión, como lo ha demostrado la historia
contemporánea con el ejemplo de la idea-fuerza de una palabra mágica:
liberación. Así también la fuerza de la palabra: "Dios", y
los relatos expresados en un "Texto" sagrado como única fuente
de verdad, como fuente de fé y de generación de valores.
Ambas
cosmovisiones sentaron las bases históricas de mayor influencia en la
formación de los valores y las creencias fundamentales de la cultura
occidental. Los filósofos griegos instituyeron lo que podemos sintetizar
como la fé en la palabra, en la razón y la argumentación (una actividad
sumamente refinada de comunicación y producción de sentido, de “conversaciones” entre
los hombres). La
tradición de los profetas judíos y luego las religiones cristianas,
instituyeron lo que es posible sintetizar -inversamente a la tradición
griega- como "la palabra de la fé", la “comunicación
imperativa de Dios a los hombres”, por medio de la palabra revelada,
y volcada por los profetas y los apóstoles en los textos sagrados. Son
dos lógicas de creación de sentido y de valor diferenciadas, y en gran
medida opuestas. Por un lado, la fé en la argumentación, la dialógica,
la construcción cooperativa y reflexiva de creencias y conocimientos,
pero donde el hombre deberá renunciar al sentido trascendente (a la fé).
Esta "soledad", y este vacío de sentido -como última realidad
existencial para el sujeto- es el que la religión ha intentado cubrir a
través de la fé en Dios, y del "re-ligare" social de los ritos
y las ceremonias. El problema de la soledad del sujeto ni se plantea en
Grecia, ya que la pólis, el espacio público del hombre como "animal
político", como ciudadano, no puede concebir al individuo aislado de
la sociedad (el peor castigo era el destierro). Entre los antiguos judíos
tampoco se concebía la separación individual. La "separación"
era -inevitablemente- la de un
pueblo, en la búsqueda de una identidad
y una tierra, un pueblo cuyo acto de "fundación" se halla en la
liberación de los egipcios, y un pacto
con Jehová, cuarenta años antes de constituirse físicamente sobre un
espacio de tierra (la figura de la "realidad de la tierra
prometida").
Como
todo acto de fundación, precisa -y construye- la figura de un líder
(Moisés), un pacto fundacional (la observación de los 10 Mandamientos);
una marca de identidad (la circuncisión) y una identificación con una
fuente simbólica de formación de sentido y de valores (Jehová) que
pudiera revelar la verdad y el
sentido profundo de la vida y del propio ser (el "pueblo de Dios").
La revelación es también un acto de comunicación y constitución de
sentido a través de la fé, y precisa de la figura del profeta, cuyo
poder es un poder de intermediación, ejercido a través de la palabra
revelada. La iglesia católica mantuvo esta lógica de intermediación,
pero reemplazando los profetas desaparecidos por los santos, y
fundamentalmente por la institución Iglesia (ecclesia).
Con la Reforma, el protestantismo propone una relación personal (comunicación
uno a Uno con Dios), y la interpretación subjetiva de la Biblia (otra vez
la palabra, el texto). Sobre el individuo y la "soledad", ha
sido el propio Cristo el que
funda la novedad de apelar a la conciencia, la conversión, el corte con una identidad social y cultural, para formar parte de una
nueva comunidad de sentido, de creencia y de trascendencia ("conoceréis
la verdad, y la verdad os hará libres").
Creo
que no es un hecho irrelevante tomar en cuenta que ambas tradiciones
culturales, la grecoromana y la judeo cristiana, tienen su origen en el
universo social y cultural del mediterráneo, así como el protestantismo
desde hace medio milenio lo tiene en el norte de Europa, y luego en el
norte de América. No sabemos hasta donde éstas fuentes culturales tan
diversas no se hallan condicionando la propia realidad económica y geopolítica
de nuestros tiempos presentes ("el norte es el norte y el sur es el
sur"). En este sentido, América
del Sur -y del centro- se hallan en el proceso de constitución de nuevas
matrices sociales y culturales a las que la globalización obliga a sufrir
desafíos y transformaciones profundas, entre la marginación y la
integración forzosa a nuevos códigos de vida social.
DECONSTRUYENDO
REALIDADES.- (Entre Derrida y los imaginarios sociales).
Todo
el mundo considera “realidad en sí” en una u otra instancia y
en un sentido ontológico del término: a la naturaleza, la
sociedad, al individuo o la cultura. En este sentido, el problema a
abordar es el de la construcción social de los “universos de realidad y
los universos de sentido” como realidades construídas por los hombres a
lo largo de historias particulares, en las cuales los individuos, los
grupos, las instituciones y la cultura reconstruyen sus formas y
condiciones de existencia y de formación de sentido específicamente
"social” (en un sentido constructivo y positivo, y no solo en la
concepción clásicamente negativa dada por la noción equívoca de ideología).
Es también una perspectiva de
abordaje de la clásica problemática de la reproducción
social, al menos desde las dimensiones de la reproducción
simbólica y cultural, donde
los misterios de la comunicación humana revelan su máxima efectividad
y su eternamente evanescente
naturaleza específica. Sabemos que no hay cultura sin
comunicación, y más aún, que la cultura es
comunicación, y que no hay sociedad ni reproducción social sin
comunicación, y que el principal exponente de las transformaciones
sociales y económicas ha surgido de la revolución de las hoy ya no tan
nuevas -aunque permanentemente renovadas- Tecnologías de la Información
y la Comunicación (TIC’s). Pero aún no sabemos que es la comunicación,
ni que “tipo de realidades” construye, aunque sí creemos
efectivamente que sin la comunicación no se podría construir ni
reconstruír las evanescentes relaciones
que articulan la trama de la realidad social entre los hombres, las
instituciones, la cultura y la naturaleza. Pero si algunos dudan sobre la
existencia de este misterioso proceso que llamamos comunicación,
pueden llamarlo con otro nombre. Eso no invalidaría la necesidad
de comprender porqué el hombre “no está solo”, porqué Robinson
Crusoe es sólo una alegoría, y porqué si
no existieran las “ciencias” de la comunicación, deberíamos
inventarlas. Sin comunicación, no existiría comunidad, ni lazos ni
tramas sociales.
Al
mismo tiempo, podemos volver a hacernos preguntas fundamentales sobre la
naturaleza de lo social, y afrontar las
dudas y las críticas que han surgido sobre la “naturaleza” ontológica
y específica del
mundo social, por un lado separado de la
naturaleza, y por el otro -siguiendo a los clásicos- evaluando la validez
de la separación de “lo social” de lo psicológico (o sea la
objetivación y problematización separada de los procesos sociales con
relación a la subjetividad, y para ciertos autores hasta una escisión
con respecto a la historia,
como es el caso de ciertos sociólogos “sistemáticos” y los
positivistas extremos).
Con
respecto a las ciencias sociales, cabe repensar
nuestras disciplinas como formaciones conceptuales que interpretan
y reinterpretan interminablemente sus objetos de estudio, intentando poner
en evidencia sus presupuestos ontológicos y epistemológicos, así como
su construcción eminentemente discursiva. Las ciencias sociales siempre
se dirige a un mismo objetivo: la
producción de inteligibilidad,
de comprensión y de
comunicabilidad de un cierto orden de
sentido dentro de la realidad caótica del mundo de los hechos.
En esta incertidumbre, se
busca la elaboración de
interpretaciones sobre diferentes
dominios de realidad que permitan construir un "orden", un universo de sentido dentro de
un universo con sentido. Para
Habermas (1989) se trata de “desarrollar
una determinada estrategia conceptual para las ciencias sociales y hacer
plausible su fecundidad”. Y
“la primera decisión en punto a estrategia conceptual que es de
fundamental importancia para un programa de teoría sociológica, consiste
en admitir o rechazar el sentido como concepto fundamental”. Desde la semiología, el
italiano Paolo Fabbri afirma que “Nuestro
problema es uno: el sentido es construído, no es una evidencia del
mundo... .La significación está, es como la vida, difusa: nosotros
hablamos, hacemos sentido en mil modos. Pero después, cuando debemos
comprender como hacemos sentido, es necesario que construyamos
un mínimo de organización conceptual. Esta organización
conceptual, encontrando la nebulosa del sentido, de la significación...
produce el significado. Por eso, nuestro problema es como se construyen
los significados. Los sociólogos a veces no se interesan por cómo se
construyen los significados, sino que lo toman por evidencia empírica”.
Hace años ya que se ha instalado la duda sobre las esperanzas
puestas por algunas generaciones de investigadores sociales en la
epistemología positivista que había producido los enormes avances en el
conocimiento y el control de los procesos físicos. En el dominio de lo
humano, producir “información objetiva” ha significado ni más ni
menos que producir “representaciones”, datos, descripciones siempre
sujetas a interpretaciones diferentes. La información no construye
sentido -ni aún significados-, produce una materia prima, signos, textos.
Solo la interpretación procesa
la información con el fin de construir posibles significaciones, valores
y sentidos. En otras palabras, las ciencias sociales cumplen la función
de “metalenguajes” que tienen como objetivo explorar la complejidad
“holística” (no disociable en partes?) de los procesos de construcción
de la vida social de los hombres en tanto prácticas, acciones,
representaciones y expresiones de sentido.
Si consideramos a la sociedad a partir de un paradigma de
construcción y reproducción permanente, podemos hablar de un paradigma generativo. Volviendo a citar a Habermas “Un programa teórico de este tipo (generativo) tiene que responder a
tres preguntas. Suponiendo que la sociedad se entiende como un proceso
generativo de una realidad estructurada en términos de sentido: a) ¿Quién
es el sujeto de ese proceso de generación, o es que no se dá ningún
sujeto? B) Cómo hay que pensar la manera de ese proceso de generación:
como actividad cognoscitiva (Kant, Hegel), como manifestación linguística
(Humboldt), como trabajo (Marx), como creación artística (Schelling,
Nietzsche), como pulsión (Freud)? Y finalmente c) los sistemas de reglas
subyacentes, conforme a los que se construye la realidad social, ¿son
invariables para todos los sistemas sociales o se da también
una evolución histórica de estos sistemas abstractos de reglas y quizá
también una lógica interna de esa evolución, que por su parte sería
susceptible de reconstruirse?”.
COMUNICACIÓN: DOMINIOS DE
SENTIDO, DOMINIOS DE REALIDAD (DOMINIOS del IMAGINARIO?)
Podemos
abordar el problema de la
generatividad de la sociedad desde perspectivas diferentes. Podemos elaborar una hipótesis general sobre la existencia de
diferentes esferas o “dominios ontológicos” de la vida social, que en un nivel simbólico
y de formación de sentido se
manifiestan como construcciones culturales, -o mas bien “transculturales”-
que se han ido constituyendo a lo largo de siglos –milenios- de
intercambios y transculturaciones entre civilizaciones diversas, a través
de adopciones pacíficas, o de guerras e integraciones forzadas entre
pueblos. La creciente complejidad social y cultural de nuestras sociedades
modernas (o posmodernas, amenazadas por la “homogeneización
hegemonizante” de la tecnología y el poder económico) ha dado lugar a
la creación de topologías y
dominios de acción social diferenciados -aunque no autónomos-, los que a
su vez construyen universos de sentido y lenguajes específicos.
Intuitivamente (o existencialmente) consideramos hoy a estos dominios
diferentes como la trama fundamental (the “fabric”, el material
constitutivo) de la realidad ontológica
del mundo moderno.
TESIS:
Las sociedades modernas construyen sus mundos de la vida influenciadas por
una matriz histórica y cultural que es el producto de la amalgama entre
las dos grandes tradiciones milenarias, con las matrices y las
experiencias particulares de cada sociedad. Sobre ésta "identidad
sincrética tradicional" desde hace tres siglos (dependiendo de cada
país y de cada cultura particular) se le vienen subvirtiendo, u oponiendo
los patrones intelectuales, cognitivos y -neutralmente- afectivos del logos y de la techné científica.
Las ciencias han construído y legitimado histórica e institucionalmente
sus modos de acceder al logos
del conocimiento, a los criterios de verdad, y a las formas de definir,
acotar y abordar lo que se concibe como real
(en tanto logos, o sea en tanto forma de conocer la realidad).
Y así como también los modos correctos
de actuar técnica e
instrumentalmente sobre
la realidad (como techné). En síntesis,
a partir de la Modernidad, las ciencias han establecido los modos legítimos
y correctos de acceder al saber y a la acción sobre la realidad, para lo
que previamente se ha establecido un orden epistémico que asegure qué y cómo debe ser "construída" cada la realidad (y
que desde nuestra perspectiva es siempre una "construcción
social").
En
un segunda instancia, la ciencia clásica debe (¿?) negar este proceso de
"construcción" porque debilita y relativiza el apriori de la
objetividad, de la ley y de la
verdad (es el mismo argumento que Platón utiliza contra el método de
argumentación de los sofistas, como manipuladores de una verdad a la cual
el razonamiento puede acceder). Este proceso de negación implícitamente ha establecido un divorcio entre un conocimiento sistemático
y uno histórico. Las leyes de la física deben no solamente ser
objetivas sino también atemporales; el tiempo y la historia nuevamente
debilitarían la legitimidad de los enunciados sobre las leyes físicas.
La negación del tiempo lleva a la lógica de la reversibilidad: las
relaciones entre causas y efectos serían una mera formalidad, dado que se
los podría revertir, siempre y cuando se conozcan y controlen las leyes
que los regulan. Pero cuando el objeto de conocimiento
no es físico o natural, sino social o cultural, el tiempo es
inevitablemente un proceso y una realidad irreversible
(no hay vuelta atrás en la historia humana). Como las ciencias naturales,
la sociología y la economía han buscado construir su objeto de
conocimiento como objetos regidos por leyes sistemáticas y objetivas (ciencias
nomológicas): estructuras, formas de organización, conductas y
relaciones estables que aseguren la permanencia y reproducción de la
sociedad y sus instituciones. El tiempo (la historia), la subjetividad, y
el sentido pasaron a ser dimensiones difíciles -aunque no imposibles- de
articular dentro de la metáfora de la sociedad como un objeto, o un sistema estable (éste ha
sido el talón de Aquiles del paradigma funcionalista y del
estructuralismo).
Aunque
la sociedad no deja de ser un sistema
social e histórico (un "sistema lejos del equilibrio", diría
Prigogyne, o bien un "sistema complejo") y las ciencias y las
tecnologías modernas, son una emergencia de la historia
social de su logos y de su techné. Este logos
de racionalidad, de conocimiento y de técnica, ha configurado lo que
podemos llamar una cultura tecnológica,
con sus imaginarios propios, sus
lenguajes, sus creencias, sus cosmovisiones, sus formas de concebir y
aprehender la realidad, y de construir
relaciones de sentido-realidad: nuevos universos de sentido. Este
proceso tiene su propia historia, y se manifiesta en el lenguaje, los
imaginarios, la cultura, los símbolos, y ergo,
en las formas en que las
sociedades modernas "construyen sus" arquetipos de individuos, y
sus mundos de la vida: reales, deseables, imaginados, o execrados.
Cualquier antropólogo, así como cualquier viajero con una mínima
capacidad de observación, es capaz de reconocer este proceso en el
extrañamiento de lo diferente. Más aún, podemos afirmar que está en la
base de toda la industria del turismo, del exotismo, de la búsqueda y la
fascinación por lo extraño o lo exótico. Esta asociación sólida entre
mundos reales y universos de sentido asegura la creación de certezas,
de certidumbres, de regularidades y expectativas sobre nuestras relaciones
con el mundo natural, en las interacciones con los hombres, la fortaleza
de las instituciones, la inteligibilidad de los signos que empleamos en la
vida cotidiana y en el reconocimiento de lugares, de espacios y de los
tiempos que constituyen nuestra vida social y cotidiana. Las certezas son
una defensa contra la incertidumbre,
y ésta última el primer factor de quiebre de las relaciones entre
sentido y realidad (los momentos de crisis en los pueblos y los individuos
sujetos a fuertes dosis de incertidumbre y ansiedad constituyen un ejemplo
concreto y dramático de ésto).
Todas
las sociedades han generado instituciones encargadas de crear y mantener instituciones
que proyectan y estructuran un orden
o un universo de sentido, de certeza y permanencia de las relaciones: entre la sociedad y la naturaleza; de las relaciones de los hombres
entre sí (y las mujeres, los niños, los extranjeros, etc.); de la
vigencia y permanencia de los signos, los valores y las formas
culturales; de la certeza sobre la utilidad instrumental de la técnica, y las tecnologías
empleadas por un grupo humano en sus acciones cotidianas. Y por
último, toda sociedad ha creado, legitimado y protegido sus shamanes, sus
sacerdotes, sus ceremonias y las instituciones que han oficiado como
"puentes con el mas allá" (puentes hacia lo desconocido, hacia
las "fuerzas ocultas", o -en otros términos- la apelación y el
reconocimiento de las sociedades humanas de que "debe haber" un
orden no visible que "sostiene" la realidad, y al cual hay que
dar reconocimiento por medio de la palabra y de las ceremonias, y en
ciertos casos, de grandes sacrificios humanos).
En
tanto las sociedades modernas también viven en
(y "con", o mas bien "contra") la naturaleza, dentro
de estrechas relaciones sociales, en mundos culturales y simbólicos, y
dependientes de complejas tecnologías .., nuestras sociedades no son la
excepción. Ellas (o sea nosotros) solo se diferencian de las sociedades
tradicionales en el grado de complejidad y evolución desarrollado por la
sociedad occidental en los últimos siglos. Y por el influjo transformador
y universalizador de la ciencia y la técnica en la era moderna.
Se
puede concebir que la sociedad moderna ha construído históricamente
"su realidad
ontológica", sustentada en las tramas de realidades subyacentes,
como dominios tanto reales como imaginarios,
que pueden ser analíticamente categorizados y diferenciados:
Se
puede pensar la “realidad” social como "sociedad",
en un sentido restringido, concebida como un conjunto de “agentes o actores sociales”
(empíricamente representada por los hombres, las organizaciones, la
comunidad, el Estado, etc.). Un segundo
"dominio" (dominio de sentido, dominio de realidad)
representado por la cultura. Una
topología que “crea espacios y regula los tiempos sociales”,
y es constituída por
el mundo de los objetos, los lenguajes, los
símbolos y entes portadores de significado. Un tercer dominio es
el de lo sagrado, como dominio
de sentido de lo "imaginario" (en estado puro e
"ideal" en su acepción weberiana). Dominio de lo
sagrado y trascendente (las
instituciones de religión, las construcciones simbólicas, ceremonias,
rituales, etc., las que si
bien forman parte de la cultura, fundan su sentido
en lo trascendente, en la fé en una realidad o en un mundo
“otro” que el material o físico, tal como se expresa -por ej.- en la
tradición judeocristiana). Un cuarto dominio (naturaleza física)
"surge" con la ciencia moderna, como dominio "natural
y material" (objetivado como dominio de los objetos y las cosas
en "estado puro"). Históricamente se manifiesta en las ciencias
naturales, y la construcción
y reconstrucción de disciplinas institucionalizadas
que tienen por referente a los hechos y los objetos de estudio
particulares. Se presentan como
diferentes topologías, con teorías y prácticas científicas que
objetivan el dominio
físico-natural, como la única “materia” de la que
toda realidad está
hecha, incluyendo nuestros cuerpos y sus genes transhumanos, a partir de
los cuales algún día se podría explicar la estructura y el
funcionamiento de los procesos de la psiquis y la subjetividad.
A
este cuadro histórico-epistemológico, la herencia del siglo XIX, desde
Hegel -al que Jung (1977:114) describe ingeniosamente como "un psicólogo
encubierto que proyectaba grandes verdades del reino del sujeto a un
cosmos por él construído"-, y pasando por el romanticismo y el
psicoanálisis, se llega finalmente a la “construcción social”
de un nuevo dominio de investigación y de conocimiento: el de la psique
y la subjetividad humana (Freud habló de una topología del aparato psíquico
y del inconsciente, y se
considera válido hablar de procesos de la “realidad subjetiva”,
aunque se lo considere una ficción literaria o idealista).
Por
último, el siglo XX agrega a los dominios anteriores la hegemonía
creciente de las nuevas tecnologías que
atraviesan aceleradamente todos los demás dominios y sus respectivos
procesos. Las tecnologías de información y comunicación (TIC’s) y su
articulación por un lado con las tecnologías de control y modificación
del tiempo y del espacio físico, social y simbólico,
y por otro lado con la biotecnología, la inteligencia artificial,
la realidad virtual, los sistemas experto; para mencionar solamente
algunas innovaciones. La omnipresencia de la tecnología –intrínsecamente
asociada al mercado- obliga a repensar
el rol y los peligros –además de las promesas- de la ciencia y
la tecnología como una nueva
herramienta de control, de transformación y de recreación de nuevas
formas de la existencia humana.
Estos seis dominios de fundamentación del "sentido de
realidad" conforman una ontología comunicacional de
base a partir de las cuales el sentido común (el common
sense) de los hombres construye la experiencia
y la certeza de hallarse vivo. La certeza sobre la permanencia de su
entorno material, de su identidad social, de su propia conciencia
subjetiva e intersubjetiva, de manejar y controlar los instrumentos
de las tecnologías cotidianas que utiliza en una sociedad
crecientemente marcada por la técnica. La certeza de contar con los
recursos de la cultura: las palabras, los gestos, y los textos, las imágenes,
los códigos, las modalidades de actuar, etc. Y por último, la
(in)certeza de que más allá de
todo lo anterior, y después de este tiempo en la tierra, aún existe otro tiempo y otro espacio en un mas allá trascendente reservado a los creyentes.
Evocando a Castoriadis, podríamos decir que estos dominios constituyen
"la institución imaginaria" de la vida social (ya que
Castoriadis hablaba sobre la institución imaginaria de la sociedad).
Podemos decir que estos dominios instituyen
nuestras realidades por medio de la constitución social de la acción y
la formación de sentido, como sentido
de realidad. Sentido,
realidad y comunicación conforman algo así como una "santísima
trinidad" de la vida social, y un modo de interpretar la fructífera
noción de Lebenswelt, planteada
como el mundo de la vida por Hüsserl.
La idea de una fundamentación ontológica no obedece solamente a
una inquietud filosófica, y ya que Castoriadis -nuevamente- lo ha puesto
en términos claros (a pesar de que la claridad no ha sido precisamente
una cualidad suya), podemos ponerlo en sus palabras (1977: 275)
"la idea de una ciencia de los hechos que
no implicara una ontología, nunca ha dejado de ser una fantasía
incoherente que, como tal y en su contenido, expresa ya una metafísica
particular y particularmente incoherente". Nuestra inquietud sería entonces, la pregunta sobre la(s)
ontología(s) que constituyen el "mundo de la vida", y las
tramas con las que se fabrica (the "fabric" of social life).
El
paradigma (o “los” diferentes paradigmas) de la comunicación se ha(n)
constituído en una fuente inspiradora para replantear problemas de las
ciencias sociales desde nuevas perspectivas. Las tres preguntas
fundamentales para un modelo generativo de la sociedad que plantea
Habermas pueden abordarse a través de estrategias teórico-epistemológicas
que no hubieran podido ser imaginadas hace medio siglo atrás. Pero
las ciencias de la comunicación tienen aún un largo camino por recorrer
y muchos recursos por desarrollar. L. Sfez (1995) dice al respecto: “En el área de la comunicación, debemos ocuparnos de un núcleo epistémico
que reúne alrededor de puntos comunes una gran diversidad de saberes: la
vida académica y la pública, hoy y aquí, dan abundante testimonio de
ello: biología, psicoanálisis, mass media studies, instituciones,
derecho, ciencia de las
organizaciones, inteligencia
artificial, filosofía analítica, etc. Estos conceptos comunes a las
ciencias de la comunicación, al
parecer constituirían poco a poco los elementos de una
forma simbólica en
gestación. Dicho de otro modo, ciertos conceptos, trabajados por las élites
de la ciencia comunicacional, se convierten en realidades del mundo social
y político, pasan a la vida corriente y forman la pantalla por medio de
la cual construímos el mundo y que ni siquiera podemos percibir, tanto la
utilizamos, tanto nos envuelve”. Y señala dos aspectos clave para
distinguir rasgos específicos: “la
fuerza de lo tecnológico y la fuerza de las tecnologías del espíritu”.
ETAPAS
FUNDACIONALES EN LA HISTORIA Y LOS IMAGINARIOS DE LA CIENCIA. LAS CIENCIAS
DE LA COMUNICACIÓN DENTRO DE UN CONTEXTO HISTÓRICO.-
Los
dominios de sentido a los que hice referencia, como mapas de un territorio imaginario, sirven de guía -y también de
construcción de certezas- para orientarse en los territorios de la vida
social. Más aún, a partir de los sobreentendidos y las experiencias
sobre los que se construyen los fundamentos de esa vida, los sujetos construyen los contextos, las tramas y los relatos de sus mundos de la
vida. El problema que pretendo abordar es el de las profundas
transformaciones en los dispositivios de formación de sentido y realidad,
a partir de tres siglos de "cultura científica y tecnológica".
Las transformaciones fundamentales que han tenido lugar en la interpretación
sobre la naturaleza física, la sociedad, la cultura, el individuo y la
subjetividad, y la racionalidad instrumental de la tecnología (aunque las
influencias sobre la interpretación de lo sagrado también han sufrido
grandes mutaciones).
Mas
allá de la relatividad de toda periodización en la historia de las
ciencias, creo que es interesante establecer y resaltar ciertas características
diferenciales que marcan etapas
históricas en la creación de
dominios de conocimiento, tan innovadores que constituyen auténticas creaciones
ontológicas por parte de la teoría y la práctica de la
ciencia occidental. Éstas construcciones de nuevas ontologías (de la
naturaleza, de la sociedad y la cultura, del individuo y de la
subjetividad, acompañadas generalmente de auténticas “rupturas
epistemológicas”) se difundieron en la sociedad y en la cultura
universal dando origen a nuestras actuales visiones y creencias sobre la
realidad (o bien realidades, en plural?). En “El
(los) objeto(s) de la razón científica, 4 “fases” históricas” (en
“Ciencia, objeto y sentido”, Vizer 1998, monografía) he abordado
estas etapas como fases sucesivas en las que el pensamiento científico ha
ido produciendo un corte epistemológico con la concepción unitaria de la
“realidad”, para escindirla en campos de conocimiento autónomos. Este
proceso de fraccionamiento de
los objetos de estudio es consecuencia de la división del trabajo
intelectual y la acumulación incesante de información así como de las limitaciones en el manejo de la misma. Y es
paralelo al proceso de
complejización creciente de las sociedades modernas (como “sociedades
complejas”, no por oposición a sociedades tradicionales que nunca son simples, sino por el desarrollo de propiedades y de características
cualitativas y temporales de creciente variedad en su organización y
especialización internas, las que modifican constantemente los procesos
de estabilidad dinámica y de reproducción del sistema).
El
proceso histórico de ruptura con la concepción medieval de dos
realidades, una terrenal y otra celestial, dentro de una dinámica de
mutua oposición e interdependencia (y la pugna entre el alma y el cuerpo,
el reino de Dios y el de los hombres, lo sagrado y lo profano) comienza
con el redescubrimiento de los clásicos griegos y romanos, y con la
conciencia gradual de que es el hombre el que objetiva y define su propio
punto de vista: un ejemplo de esto es la creación de la perspectiva en la
pintura y en las imágenes virtualmente tridimensionales del Renacimiento
(la perspectiva implica un reconocimiento de la posición del observador
respecto a la distancia de los objetos, lo que no existía anteriormente
en las imágenes bidimensionales). La lógica de la experiencia en la Modernidad, ha ido constituyéndose a
partir del principio de la representación
de la realidad, representación que se instituye luego más allá de
las imágenes y del texto, para fundar una nueva lógica política y
social en las instituciones del liberalismo. Otro ejemplo histórico fué
la dificultad para aceptar que la humanidad había estado engañada por la
simple observación visual, que parecía confirmar que la tierra era el
centro del universo. En una
primera etapa fundacional para la nueva cosmología
científica, racional y universal, se produjo
una nueva visión de los fenómenos de la naturaleza, expresada en
las experiencias de la física,
la química y la astronomía (las que se iban separando de la alquimia y
la astrología, respectivamente).
Desde
la perspectiva de análisis que proponemos, partiendo de las fuerzas de
transformación de los actores sociales, y del mundo de la cultura como
generadora de recursos simbólicos de interpretación de la realidad, y
como fuente de nuevas ontologías, la
Naturaleza comenzaba a ser
concebida como “un universo objetivado”; separado del mundo
sagrado y del humano, sujeto a leyes propias y a la necesidad de exploración
y de técnicas de control experimental. Podemos decir que en esta primera
fase inaugural de la separación entre el sujeto que conoce y el objeto de
la razón -a ser conocido-, se inicia para la cultura occidental la
realidad natural, la realidad objetiva y objetivable, la primera expresión
de un futuro relativismo ético y un materialismo ontológico.
Paralelamente, se vá produciendo la representación intelectual de un
segundo "dominio": el político y social. Y este nuevo dominio (el
de los hombres, su gobierno y el Estado) es una realidad dual: los
individuos tienden a poner su propio interés individual por sobre el
interés colectivo, por lo que hace falta un dispositivo de creación de
sentido y de valores que los reintegre a la sociedad y a formas
organizadas de vida y de gobierno. Este dispositivo es propuesto por
Hobbes a mediados del siglo XVII (y asumido un siglo después por los
pensadores del Iluminismo): este dispositivo es el
contrato, -el futuro contrato
social-, sustentado en la representación.
Éste es el acta de nacimiento de un nuevo dominio: el del "gobierno",
un Estado que es ya conscientemente "producido" por los propios
hombres, mediante un contrato, para representarlos. Las guerras
religiosas, fogueadas por el enfrentamiento entre la iglesia católica y
el protestantismo (el centro sur de Europa versus el norte), habían
puesto en evidencia la convencionalidad,
y por ende la fragilidad de las instituciones del poder terrenal: las
monarquías (es dudoso que Hobbes hubiera pensado en escribir su Leviatán,
si la revolución de Cromwell no hubiera destruído a la monarquía
inglesa en esos años).
Pasando
a la segunda mitad del siglo XVIII, la cosmovisión científica toma por
objeto de exploración y de análisis crítico
a la sociedad y a sus instituciones, y en especial al absolutismo monárquico.
También se instituye la separación analítica entre los procesos de
producción de bienes (Adam Smith y David Ricardo fundan la ciencia económica),
y los del gobierno y las instituciones de poder y el control social.
Montesquieu, Locke, Rousseau, entre
otros antecedentes ilustres como Maquiavelo, Tomás Moro y el propio
Hobbes, fundan una epistemología crítica del poder y la política, además
de producir una nueva complejidad
organizacional en el cuerpo de la sociedad a través de la separación
entre los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial). Se genera así
el paradigma de las instituciones de la
democracia como una nueva
-y sofisticadamente conflictiva- disociación de la realidad social en
tres campos ontológica y
epistemológicamente separados y enfrentados: los hacedores de la Ley –el
poder legislativo-, los grandes
ejecutores y decisores de la política, y
las instituciones de control social (el sistema judicial, como un
garante del poder de interpretación
y ejecución de la letra de la ley, y la policía y como su
instrumento físico en el uso
de la violencia oficial). El
proyecto del Iluminismo, del siglo de las Luces y de la Modernidad
constituyen el programa directriz para una nueva concepción de la ontología
social. Se instituye la objetividad
de los hechos sociales, y la idea de la autonomía de los procesos de
producción de bienes, manifestada en el crecimiento de una nueva clase
social y de una todopoderosa institución: el mercado.
Dos
factores caracterizan estas
transformaciones sociales. Por un lado una nueva concepción omnipotente
sobre las posibilidades de la tecnología,
como el motor de una dinámica
expansiva e ilimitada en la
producción de bienes materiales. Ambas como fuente ilimitada de creación
de bienestar, estrechamente asociadas a la expansión colonial y la creación
de nuevos mercados (en el siglo XVIII los ingleses destruyen los
sofisticados telares hindúes
para tejer la seda, eliminando así la competencia). El segundo factor
corresponde a la formación de nuevos actores sociales (las nuevas clases de la Revolución
Industrial). El surgimiento de estos nuevos actores y su demanda de mayor representación política y libertad de
acción impone la presencia de una nueva problemática, la que a su vez
requiere de nuevos analistas (como "productores de significados y de
sentidos"), como representantes intelectuales concientes o
inconscientes de las nuevas realidades. Esta nueva intelligentzia
desarrolla el método de
la crítica de las instituciones y de la práctica política, llevando a las nuevas concepciones sobre la división de poderes y del
rol del Estado. También se instituye la separación legal del individuo en relación a la sociedad y al Estado (se
instituye por ley el “sujeto de derecho”). La doctrina liberal define
al individuo como ciudadano libre, y esa definición legalizada
–institucionalizada como libertad económica y política- crea el
contexto simbólico, la información y los recursos necesarios para
que todo individuo que tenga acceso a los mismos, se conciba a sí
mismo como una persona legal con derechos y deberes de ciudadano. Para cerrar un círculo
recursivo, el orden simbólico del sujeto legal termina por constituirse
en un sujeto real y ontológico. Los sujetos que históricamente habían
demandado el reconocimiento de sus derechos individuales, una vez que
estos son legalmente reconocidos, conforman una nueva realidad
–legalmente legitimada-, la que a su vez sirve a nuevas generaciones de
sujetos para afirmar sus propios derechos y demandas, dando por evidente y
“natural” los derechos que “construyen” su identidad como persona.
Se ha creado un nuevo sujeto.
Esta
ontologización de los valores y derechos individuales y las libertades
consiguientes también sentó
las
condiciones para la próxima fase
histórica: la etapa de la
construcción cultural, la expresión y "liberación" de
la subjetividad humana. Una subjetividad que se expresa como la búsqueda
de la identidad, generalmente considerada como una forma de "esencia"
en el sentido platónico, pero que es "un
modelo de organización de la experiencia subjetiva que se construyó en
la modernidad, y que consiste en la ilusión de que nuestro modo de ser,
de amar, de comprender el mundo es nuestra esencia" (S. Rolnik,
2001). Curiosa ambivalencia, por
un lado la modernidad se manifiesta en ámbitos nuevos y aparentemente muy
opuestos ontológicamente: hacia el "afuera", una expansión
transformadora de las prácticas de producción material, del
espacio exterior del mercado. Y paralelamente, un florecimiento y una
objetivación de los espacios y los
tiempos culturales de expresión de la subjetividad, expresados en la
filosofía y en la expansión
de las artes, que se manifiestan como la búsqueda de nuevas formas de
representación de la identidad
(cultural, nacional, y personal).
Al
mismo tiempo que Bacon, Newton y
Galileo inician la revolución de la ciencia física y natural, Descartes
inaugura la era de la razón autoconciente y subjetiva. La razón crítica
y metódica, y por ende la consciencia como fundamento de toda evidencia
científica y objetiva. La razón objetivante, que dialécticamente se construye
como sujeto desde el momento que es capaz de contruir un objeto de reflexión. Pero con este proceso, Descartes deja afuera
las “razones no razonables, las razones de la sinrazón”, por las que
Pascal reclama por las “razones que la razón no entiende”. Un siglo
después, Kant intenta una reparación mediante la construcción de tres
modalidades diferentes y legítimas de la razón: una razón
pura para las ciencias de la naturaleza, una razón
práctica (moral) sobre las leyes de la sociedad, y por último la
experiencia estética y la
posibilidad de reconocer la validez de los juicios críticos. En este proceso de
desarrollo de la historia intelectual, el Historicismo y el Romanticismo
expresan el “retorno de lo
reprimido” y el nacimiento de nuevas perspectivas para el sujeto, la identidad y la
subjetividad en el campo de las artes y la filosofía, reaccionando
también en contra de la naturalización y la objetivación que las ciencias naturales instituyeran como premisa para el
conocimiento objetivo de la realidad. Dilthey afronta al reduccionismo
naturalista proponiendo establecer dos campos diferenciados de
conocimiento científico, el de las ciencias naturales y el de las
ciencias de la cultura (a las que llamó “ciencias del espíritu”).
Una pregunta que podemos hacernos es si estos dos campos se hallan ontológicamente
separados entre sí (la teoría de las 2 culturas); o si ambas conforman
una expresión diferenciada de un mismo proceso de formación de sentido
por parte de la sociedad. Cuando Montesquieu propone un estudio
comparativo entre las instituciones europeas y las de otros pueblos del
mundo, establece un principio equivalente al de la perspectiva en el
Renacimiento: reconocer la separación entre el observador y lo observado
(las culturas extrañas). Con la expansión europea, la Antropología se
consolidó como un dispositivo intelectual ad
hoc para interpretar y organizar (controlar) a los diferentes pueblos
del mundo.
Para
fines del siglo XIX, un psiquíatra
vienés –médico y científico de la mente- elabora un método de análisis
que permite "separar" al sujeto consciente, de un “objeto de
estudio” que subyace al propio sujeto, y que constituye el fundamento
invisible de la realidad del individuo: el inconsciente. Freud
“descubre” que lo que la sociedad, la moral y la racionalidad habían
considerado como el centro del universo de la realidad consciente, era
apenas una tenue envoltura para una realidad subyacente. Freud había
"descubierto" al inconsciente como el objeto de estudio racional
de la “realidad del Aparato psíquico”, y a la palabra como el instrumento de análisis, “no es posible comparar el trabajo del sueño y el pensamiento de la
vigilia. El trabajo del sueño no piensa ni calcula, en forma general lo
que hace es transformar”. Había
nacido la ontología –nunca del todo reconocida- del inconsciente y la
subjetividad y con ella nuevas creencias y nuevos discursos, y también
nuevas técnicas (el psicoanálisis construye su propia versión de las
"tecnologías de la
palabra"). Mas aún, la teoría y la epistemología
del inconsciente permitían
un doble triunfo: por un lado el “retorno de lo reprimido” por mas de
un siglo de ciencia positiva, de ciencia natural y materialista que negaba
toda verdad y realidad que no pudiera ser
empírica y experimentalmente controlada. El segundo triunfo por
otro lado representaba también una consagración indirecta para el
proyecto de la Razón: el psicoanálisis permitiría objetivar el dominio
de la subjetividad, y racionalizar la lógica –irracional- del
inconsciente. Históricamente, este lenguaje del inconsciente se había
expresado en todas las culturas a través del orden sagrado, de la fé y
de los sacerdotes, de la magia, de los rituales y las ceremonias, del
poder del imaginario y de los misterios de “otra” realidad posible
para el creyente. El nuevo paradigma psicoanalítico produciría
precisamente la operación de objetivación y ontologización
del orden de lo irracional y la subjetividad humana. Un triunfo
definitivo (en apariencia, ya que ninguno lo es) de la Razón objetiva.
Pero esta ontología del inconsciente y de la subjetividad está
permanentemente asediada y hasta ridiculizada por los desarrollos de las
investigaciones experimentales sobre el funcionamiento del cerebro y las
ciencias cognitivas. Los ateos-creyentes en la ontología de un
materialismo reduccionista, herederos
de la primera revolución científica, prosiguen su avance imparable y
exitoso, en última instancia positivo para el bienestar material, el
desarrollo económico y para la medicina (todos sabemos
por experiencia médica personal lo fundamental que es un diagnóstico
correcto –una interpretación- adecuada de
los datos que presentan los instrumentos con que se detecta el
funcionamiento de nuestro cuerpo, y la adecuación del pronóstico para el
tratamiento).
SIGLO
XX: TECNOLOGÍA, COMUNICACIÓN Y POSMODERNIDAD (Los imaginarios sociales y
la comunicación como “transsubjetividad”).-
Finalmente, el siglo XX marca una nueva etapa en la historia de la
ciencia y la tecnología y sus implicancias sociales. Es sobre todo esta
última la que lleva los procesos anteriores al ámbito de la sociedad,
del mercado, y la cultura. La consecuencia revolucionaria de la tecnología
en sí misma fué la posibilidad de producción ilimitada de oferta de
bienes, a tal punto que por primera vez en la historia, la escasez deja de
ser un problema técnico y de falta de recursos, las limitaciones son sólo
de naturaleza socioeconómica y sujetas a la demanda de los mercados, y la
demanda de los mercados dependiente de los ingresos de la gente. En este
sentido, las consecuencias realmente transformadoras para la sociedad no
han sido las posibilidades de creación ilimitada de oferta –condición
técnica-, sino la aceleración exponencial en la creación de nuevos
mercados consumidores y sus consecuencias económicas, sociales y
culturales, y por ende condicionantes del surgimiento de nuevas formas de
la subjetividad. Pero casi ninguna ciencia fué responsable de las
transformaciones que masificaron la producción y el consumo, sino
–obviamente- la tecnología en sociedad con el mercado. El responsable
del desencadenamiento de los procesos
de desarrollo, y auténtico motor de las revoluciones industriales
fué el desarrollo del mercado,
y la expansión global de éste –siguiendo el modelo inglés- fué
responsabilidad conjunta de la nueva burguesía apoyada por el Estado y
una visión estratégica sobre el futuro compartida entre ambas (una nueva
clase social apoyada y promovida por el Estado). Es ejemplificador de
nuestra línea de análisis, remarcar el hecho de que la creación de la
moderna ciencia económica (David Ricardo, Adam Smith) es contemporánea
al surgimiento objetivo de la Revolución Industrial y el mercado en
Inglaterra (curiosamente, -para nuestra mentalidad actual- la cátedra
desde la que Ricardo desarrolla sus primeros análisis se llamaba “Filosofía moral”).
Los
inventos del cine, la radio y la televisión también son una consecuencia
ejemplar del mismo proceso de desarrollo del mercado (la mayoría de los
inventores trabajaban con los ojos puestos en él), y tuvieron como
consecuencia principal la aparición de nuevas organizaciones de
producción y reproducción de productos culturales para la transformación
de un mercado de consumo simbólico -mercado potencial en un comienzo-
hasta transformarse en un mercado de consumidores
real y global. La producción específica de la industria cultural
y de los medios de comunicación, son los productos para el consumo
cultural, pero la consecuencia fundamental de los medios fué
la creación de nuevos públicos masivos en la primera mitad del
siglo XX. La reproducción técnica ilimitada de los sonidos y las imágenes
por parte del cine, luego de la radio y la televisión - como se ha dicho
muchas veces-, ha sido responsable de las tranformaciones en la percepción
y en los procesos de representación de la realidad, y de
los ejes del espacio y del tiempo. Esto se hizo posible por medio
de las tecnologías que transformaron el modo de registrar y recrear realidades
en ficciones y ficciones en
realidades. Realidades captadas y registradas en cámaras, grabadoras,
procesadoras y reproductoras. En
una nueva etapa (las dos últimas décadas del siglo XX), el “producto ségnico”
material, elaborado y procesado por la industria
cultural (películas, videos, libros, etc.), es crecientemente
digitalizado y difundido a todo el mundo merced a las nuevas tecnologías
informáticas y en red. Este proceso se ha expandido hasta el punto de que
no debe haber lugar en el mundo donde no sea posible su "realización".
El gran tema para los investigadores de la comunicación social fué por
decenios el problema de los “efectos” y la mediatización social.
Conocer que efectos producen
los medios y hasta donde inciden en la cultura, la sociedad y los
diferentes públicos. Hubo muchas investigaciones y muchos datos
pero no hay acuerdo definitivo sobre los efectos a corto o largo plazo.
Con
la 1ª. “revolución” de la comunicación, podemos hablar de una
transformación perceptual, de un cambio cualitativo en las relaciones
entre realidad y fantasía, ambas mediadas por la tecnología, y
vislumbradas casi mesiánicamente por Mc Luhan.
Pero recién en las últimas
tres décadas del siglo XX, con el desarrollo explosivo de la 2ª.
revolución –la de las “Nuevas” tecnologías de la información y la
comunicación”- se han dado las condiciones para lo que podemos
considerar la cuarta etapa en esta historia de la razón científica; la
que por primera vez toma un caracter eminentemente tecnológico e
instrumental (la “razón instrumental”). La apertura de un campo de
conocimiento que efectivamente podemos considerar como un nuevo dominio
ontológico para la sociedad, la cultura y las transformaciones de la
subjetividad. Ya no se trata solamente de nuevas formas de recepción y de
consumo cultural, ahora nos hallamos ante nuevas “fuerzas productivas” de producción simbólica (producción e
intercambio de información, producción de conocimientos). Se produce una
gran autonomía de decisión y la capacidad de crear canales, redes y
estructuras globales capaces de operar sobre realidades locales en tiempo
real (sin necesidad de perder
un tiempo precioso para la
difusión de la información). Los que tienen acceso a las TIC´s y los medios y recursos necesarios, pueden transformarse en
actores estratégicos de nuevos procesos de producción, y lograr el
acceso a mercados mundiales; o bien pueden transformarse en nuevos actores
con un grado creciente de capacidad de expresión, y de generación de
"comunidades virtuales". A diferencia de la revolución
industrial, no precisan ser los propietarios de sus medios de producción,
les basta con tener acceso a ellos. De ahí la gran importancia que recibe actualmente al
tema del acceso a las tecnologías de información y comunicación. Sin
las TIC´s no se hubieran dado las condiciones básicas para la concepción
de la “Nueva Economía”, ni hubiera sido posible la nueva revolución
biotecnológica (de los dos equipos que trabajan en el proyecto del Genoma
humano, uno surge por la apuesta al uso masivo de los procesadores para
adelantar el proyecto; y la clonación tampoco sería una posibilidad sin
los nuevos conglomerados científico-tecnológicos). Podemos decir que la
revolución tecnológica (y sus expresiones culturales) atraviesan
aceleradamente ya no sólo a la
mayoría de los órdenes de la vida social, sino a la propia naturaleza física.
Para quienes tienen acceso a las TIC´s
y a los productos tecnológicos de avanzada, las limitaciones del
tiempo y el espacio físico disminuyen rápidamente. La transmisión
instantánea de información y datos reemplazan el tiempo y el espacio físico
por el tecnológico, así como la misma realidad puede ser “clonada”
por tecnologías de realidad virtual. Y la aparatología que se “engancha”
a las redes de TIC´s permite gradualmente tomar decisiones que inciden en
forma precisa, directa e instantánea
en acciones concretas que se hacen producir a miles de kilómetros
de distancia. Una conclusión evidente del cambio cualitativo que se ha
desencadenado es que las fantasías –y aún las peores locuras de las
mentes mas enfermas- pueden ahora transformarse en realidad en cualquier
parte del mundo, por decisiones tomadas también
en cualquier otro lugar del mundo (basta con recordar la Guerra del
Golfo, o los peores temores hacia nuevas formas de terrorismo, o la
multiplicación del terrorismo informático, amén de las inquietantes
consecuencias que surgirán del uso generalizado de los bancos de datos y
las informaciones privadas
sobre las personas).
En
resúmen, una característica esencial del presente (señalada críticamente
por Adorno, Horkheimer y Habermas) es
el pre-dominio
de la racionalidad tecnológica, que atraviesa y tiende a hegemonizar
los dominios de la cultura,
las instituciones sociales y la subjetividad. Se transforma a la propia
naturaleza y se elimina insensiblemente la ansiedad por sustentar ningún
tipo de argumento sobre la existencia de algún "misterio", de
lo sagrado y lo trascendente. Sin embargo, la racionalidad científica
moderna no ha logrado eliminarlos en éstos cinco siglos que han pasado
desde la Edad Media. La necesidad de la fé y la búsqueda de lo sagrado
(que la razón ha sustituído por la búsqueda de la interpretación y el
“sentido” de lo que aún no se conoce) parece sobrevivir a lo largo de
los siglos y todos los cambios impuestos por la modernidad. Para Sfez, “lo
sagrado es en parte el secreto que se revela sólo progresivamente (y
nunca del todo) por el uso intensivo del comentario y del comentario del
comentario y de historias que recuerdan una historia que recuerda una
historia...” Es
la búsqueda del sentido oculto, la hermenéutica de los textos, y la
interpretación de la interpretación (infinita) que busca develar
el sentido. Claramente, estamos hablando de comunicación en su
sentido mas profundo, y contrapuesto a las versiones instrumentales y light de la comunicación “transparente” y obvia.
Para
reseñar, podemos decir que la modernidad se ha caracterizado por
diferentes etapas interdependientes en la construcción de dominios de
conocimiento y de racionalidades objetivantes: de la fé en el mundo
sagrado de la Edad Media a una nueva concepción de la naturaleza y sus
leyes objetivas. Podemos describirlo como la refundación social -y científica- del reino de la naturaleza. Casi
contemporáneamente, comienzan a surgir las concepciones sobre una posible
refundación racional de la sociedad y las instituciones; y por ende la
posibilidad de producir transformaciones y acuerdos conscientes (el
"contrato social") entre los actores sociales y su representación
en el Estado Esta sería la lógica
subyacente de los procesos históricos y políticos en los siglos XIX
y XX, manifestada en la creación de los partidos, las constituciones
democráticas, así como también de las ideologías totalitarias, o la
posibilidad de diseñar y planificar la economía y la sociedad (entre
otros muchos ejemplos que nos brinda la historia contemporánea).
Una
3ª. fase en esta “historia intelectual y epistemológica” de los
procesos de construcción de dominios sociales -o de sus territorios y de
sus respectivos "mapas" de sentido- se inaugura con el
“des-cubrimiento” del inconsciente y el reconocimiento de la validez
de investigar los procesos de la subjetividad. Esto es una valoración del
poder de la razón para acceder a los procesos que no pueden ser
objetivados y medidos, y que se expresan por otros tipos de
“racionalidad”: como las artes, o las creencias
populares. Por último, en el siglo XX se ha producido otro cambio
cualitativo, motorizado esta vez por fuerzas que han adquirido una
característica objetivamente sistémica y universal: la alianza
indisoluble entre el mercado y la
tecnología, y muy especialmente las TIC´s. Se
inaugura así un nuevo tipo de racionalidad transsubjetiva capaz de
objetivar, transformar y procesar ya
no solamente información, sino cualquier tipo de objeto real o virtual: físico,
biológico, de naturaleza social o subjetiva. El sueño de la razón puede
llegar a transformarse aceleradamente en una pesadilla de la locura (el
Holocausto, la estrategia del “equilibrio del terror” en los cuarenta
años de Guerra Fría, o el actual terrorismo internacional, no son mas
que algunos de los ejemplos a los que hemos logrado sobrevivir) (2)
No es difícil entender que una misma lógica subyace a los
"sueños y las pesadillas de la razón": si el hombre ha logrado
construir los dispositivos intelectuales para entender como funciona(n)
la(s) realidad(es), y diseña los dispositivos técnicos que le permiten
operar e intervenir sobre realidades específicas .., lo
hará, antes o después. En el proceso, modificará las realidades, e
intentará acomodarlas a intereses particulares, a sus posibilidades y
recursos. Eso es, al acceso a formas de poder.
Esta es la lógica de sentido, y la lógica de la intervención que
construyó la historia contemporánea:
el control de la naturaleza, el control social del propio pueblo y de
otros pueblos, y la búsqueda de medios sofisticados para controlar -o al
menos condicionar- aspectos de la cultura, las creencias y los imaginarios
de la gente. Hemos vivido con la lógica del Leviatán,
y sujetos al poder y la tecnología del terror. Milagrosamente, hemos
logrado sobrevivir a algunas de sus demostraciones (guerras mundiales, el
equilibrio por el terror al mutuo aniquilamiento, los totalitarismos
mas abyectos y el horror de los campos de concentración y las
persecuciones). Pero el poder de todas las nuevas tecnologías nos obliga
a rechazar la figura de un nuevos Leviatanes, y a pensar en nuevos contratos
sociales, esta vez a escala mundial.
Notas
(1)
M. Augè (1992) nos recuerda que
“La etnología se preocupó durante mucho tiempo por recortar en el
mundo espacios significantes, sociedades identificadas con culturas
concebidas en sí mismas como totalidades plenas: universos de sentido en
cuyo interior los individuos y los grupos que no son más que su expresión,
se definen con respecto a los mismos criterios, a los mismos valores y a
los mismos procedimientos de interpretación”. “De estos universos, en
gran medida ficticios, se podría decir que son esencialmente universos de reconocimiento.
Lo propio de los universos simbólicos es constituir para los hombres que
los han recibido como herencia, un medio de reconocimiento más que de
conocimiento: universo cerrado donde todo constituye signo, conjuntos de códigos
que algunos saben utilizar y cuya clave poseen, pero cuya existencia todos
admiten, totalidades parcialmente ficticias pero efectivas, cosmologías
que podrían pensarse para hacer las delicias de los etnólogos”.
(2)
Si alguien duda del poder de las “tecnologías del espíritu” (en la
terminología de Sfez) para amalgamar creencias, acciones y realidades en
nuestros tiempos, reproduzco textualmente partes de un informe publicado
por el Financial Times y aparecido en el diario Clarín, el 4 de marzo del
2001 bajo el título “Nuevas Fronteras del Marketing: Esta fé mueve
montañas”. La agencia Young & Rubicam realizó
una encuesta en 19 países, y llegó a la conclusión de que “la
fé en las marcas de productos de consumo es un sustituto de las creencias
religiosas en su posibilidad de dar sentido a la vida humana. Las marcas son la nueva religión”.
“Las marcas exitosas son aquellas que transmiten creencias fuertes e
ideas originales. Las que poseen la pasión y la energía para cambiar el mundo y convertir
a la gente a sus modos de pensar a través de una comunicación
sobresaliente”. “Desde
1991, 12.000 personas se casaron en Disneylandia y en los E.E.U.U. se está
volviendo habitual que los aficionados a las motos Harley-Davidson sean
enterrados en ataúdes marca Harley”. “ Los actuales constructores de
marcas pueden compararse con los misioneros que predicaron el cristianismo
y el Islam en todo el mundo: era la pasión con la que transmitían sus
creencias la que logró que millones de personas las adoptaran”.
Y para hacer una interpretación actualizada y marketinera de la
religión, se pone el ejemplo de la cruz: “la fé cristiana tiene uno de
los mas antiguos y renombrados
dispositivos de marca de todo el mundo: la cruz”. Evidentemente,
hicieron falta 2000 años de misterio, y el desarrollo del marketing para
llegar a aclarar las
verdaderas razones de la
permanencia del cristianismo en el mundo. Un buen dispositivo de marca.
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Eduardo
A. Vizer
(UBA): Doctor en Sociología. Profesor Titular Regular de la Cátedra
Promoción Comunitaria, y del taller de Comunicación Comunitaria.
Coordinador del proyecto y 1er. Director de la carrera de Ciencias de la
Comunicación, Universidad de Buenos Aires.
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